Silvia Bellezza, Francesca Gino y Anat Keinan partieron de algo que se ve en universidades de élite, despachos de dirección y sectores creativos: quien más se salta el código de vestir suele ser quien más estatus tiene. La propia Keinan daba clase en Harvard con unas Converse rojas. Montaron una serie de estudios para ver si esa asociación es real y por qué.
Chándal en una boutique de lujo
En uno de los estudios de campo, dependientes de tiendas de lujo de Milán valoraban a una mujer descrita con ropa de gimnasio o con vestido y abrigo de piel. Con la ropa de deporte la consideraban con más probabilidad de ser alguien importante, una clienta de peso o una famosa, no menos. En un experimento paralelo, los participantes atribuían más estatus y más competencia a un profesor que entraba a dar una charla con zapatillas rojas que al mismo profesor con zapato formal.
La condición decisiva era el contexto. El efecto positivo aparecía cuando quedaba claro que la persona conocía la norma y aun así elegía saltársela. Cuando el mismo detalle se presentaba como un descuido, alguien que no sabía vestirse para la ocasión o que desconocía el sitio, la ventaja se esfumaba. No era la ropa distinta. Era la ropa distinta leída como decisión.
Romper la norma como prueba de autonomía
Bellezza, Gino y Keinan encontraron que lo que mediaba el efecto era la percepción de autonomía. Quien incumple una regla sabiendo que existe transmite que no necesita la aprobación de la sala para estar tranquilo, y esa independencia se lee como indicio de que domina su terreno. El razonamiento implícito del observador: si puede permitirse ignorar la convención sin que le pase nada, será porque su posición se lo aguanta.
El mismo artículo pone los límites, y son estrechos. El efecto se diluye si el observador no conoce bien las normas del entorno, porque entonces no detecta que se haya roto ninguna. Se invierte si la ruptura se atribuye a ignorancia. Y depende de quién mire: las personas con más necesidad de sentirse únicas premian más la no conformidad que el resto. Fuera de ese cuadro, saltarse el código no da estatus.
Lo que el estudio no cubre
La mayor parte de la evidencia son escenarios y viñetas, situaciones que los participantes imaginan más que viven, con un par de estudios de campo acotados como el de las boutiques de Milán y el entorno de una escuela de negocios. Eso limita cuánto se puede generalizar a una oficina normal o a un pueblo.
Este efecto no ha pasado por una réplica multi-laboratorio grande como sí han pasado otros de psicología social, así que su tamaño exacto está menos asentado de lo que su fama sugiere. Y hay evidencia en la dirección contraria: fuera de contextos de prestigio con códigos claros, romper la norma de vestir tiende a penalizar. El propio artículo lo dice: hace falta un público que conozca la regla y un entorno donde el estatus esté en juego. Sin esas dos condiciones, las zapatillas rojas son solo unas zapatillas fuera de lugar.
«Las señales de no conformidad llevan a inferir estatus y competencia, siempre que se perciban como una elección deliberada.»
Bellezza, Gino & Keinan (2014)
Si vas a romper un código de vestir en el trabajo, lo que decide no es el gesto, es que se note que lo conocías. Cumple a la vista el resto de las convenciones del sitio y rompe solo una, de forma clara. Y calcula el público: si nadie alrededor sabe cuál era la norma, no vas a proyectar seguridad, vas a proyectar despiste.