La cercanía entre dos personas suele tardar meses en cuajar, a veces años. Arthur Aron quería saber si ese proceso se podía comprimir hasta caber en tres cuartos de hora, en un laboratorio, entre dos desconocidos que acababan de sentarse frente a frente. No pretendía crear parejas ni amistades para toda la vida. Buscaba aislar el mecanismo de la cercanía para poder verlo funcionar de cerca.
Tres bloques de preguntas, cada uno más incómodo que el anterior
A cada pareja de estudiantes que no se conocían le daban una lista de treinta y seis preguntas repartidas en tres bloques de doce, y cuarenta y cinco minutos para ir respondiéndolas por turnos. El primer bloque es ligero: a quién invitarías a cenar si pudiera ser cualquier persona del mundo, cuándo cantaste por última vez para ti solo. El último ya pincha hueso: cuenta un problema personal y pregunta a la otra persona cómo lo resolvería ella, di cuándo lloraste por última vez delante de alguien. Un grupo de control hacía una tarea con la misma estructura, mismos turnos y mismo tiempo, pero con preguntas de charla intrascendente.
Al acabar, cada participante rellenaba a solas una escala de cercanía, esos dos círculos que se solapan más o menos según cuánto sientes que la otra persona forma parte de ti. Las parejas que habían escalado en intimidad puntuaron bastante más cerca que las de la charla trivial. Aron señaló que un tercio de los participantes de la condición íntima valoró a su pareja de laboratorio como más cercana que la relación más cercana de su vida. Cuarenta y cinco minutos antes no se habían visto nunca.
La clave está en los turnos, no en los temas
El ingrediente activo no es hablar de cosas profundas sin más. Es la reciprocidad ordenada: cada persona se abre un poco más solo después de que la otra lo haya hecho, y ese ida y vuelta va generando una sensación de vulnerabilidad compartida. En la vida normal ese proceso es lento porque casi nadie quiere ser el primero en enseñar una carta delicada. La lista quita esa fricción: los dos saben que la siguiente pregunta va a pedir lo mismo a ambos.
Aron fue claro con lo que el estudio no demostraba. La cercanía que se genera es real y se puede medir en ese momento, pero el procedimiento no se diseñó para fabricar relaciones que duren, y las parejas no fueron seguidas después. El título del artículo lo dice sin adornos: "un procedimiento y algunos hallazgos preliminares".
De estudio de laboratorio a mito romántico
En 2015, un ensayo en el New York Times contó la experiencia de aplicar la lista en una cita y la tituló "Para enamorarte de cualquiera, haz esto". Se hizo viral, y desde entonces las treinta y seis preguntas circulan como una receta para enamorar. El propio Aron suele contar que dos personas de uno de sus primeros estudios acabaron casándose, pero eso es una anécdota, no un resultado.
Lo que el experimento sostiene es más modesto y más útil: la intimidad entre dos personas se puede acelerar con una estructura que reparta el riesgo de abrirse. No garantiza deseo, no garantiza continuidad, y la mayoría de esas parejas de laboratorio no volvieron a verse. Sirve para empezar antes, no para saltarse el resto.
«La tarea genera un sentimiento temporal de cercanía entre los participantes.»
Aron et al. (1997)
La lista completa está publicada y la puedes usar con una pareja, un amigo con quien te has quedado en la superficie o alguien a quien acabas de conocer. Respeta lo que la hace funcionar: por turnos, respondiendo los dos a cada pregunta, sin saltarte las del final por vergüenza. Y no esperes que encienda nada por sí sola. Lo que hace es ahorrarte las primeras semanas de tanteo.