Eyal Ophir, Clifford Nass y Anthony Wagner partieron de una hipótesis que sonaba razonable: si alguien practica constantemente hacer varias cosas digitales a la vez (chatear, ver vídeos, navegar y escuchar música al mismo tiempo), debería volverse mejor gestionando esa carga mental. Doscientos sesenta y dos estudiantes de Stanford respondieron un cuestionario detallado sobre su consumo de medios, lo que permitió calcular un índice de multitarea mediática y dividirlos en dos grupos: los que compaginaban más medios de forma habitual y los que compaginaban menos.
El experimento: filtrar distracciones y cambiar de tarea, bajo control de laboratorio
A ambos grupos se les sometió a varias pruebas clásicas de control cognitivo. En una, debían recordar la orientación de unos pocos rectángulos rojos mientras ignoraban rectángulos azules irrelevantes que aparecían junto a ellos; cuantos más distractores azules había, peor rendía el grupo que compaginaba más medios, mientras que el otro grupo apenas se veía afectado. En otra prueba de memoria de trabajo (identificar si una letra coincidía con la que había aparecido dos o tres posiciones atrás), quienes compaginaban más medios cometían más falsas alarmas a medida que aumentaba la carga de memoria.
La prueba más reveladora fue la de cambio de tarea: alternar entre clasificar un número como par o impar y clasificar una letra como vocal o consonante. Aquí es donde la hipótesis inicial se rompió del todo: el grupo que compaginaba más medios en su vida diaria fue significativamente más lento cambiando de tarea que el otro grupo, con un coste de cambio 167 milisegundos mayor.
El mecanismo: filtrar lo irrelevante, no procesarlo todo, es la habilidad que se pierde
Ophir y su equipo interpretan el patrón como una diferencia en el estilo de procesamiento, no solo en la capacidad bruta: quienes compaginan más medios parecen tener más dificultad para restringir voluntariamente su atención a lo relevante y bloquear el resto, tanto si esa distracción viene del entorno (los rectángulos azules) como de la propia memoria (letras que aparecieron antes pero ya no son objetivo).
La implicación es contraintuitiva: la práctica constante de hacer varias cosas a la vez no entrena la capacidad de cambiar el foco con eficacia, entrena para atender a más fuentes de información simultáneamente, lo que en tareas que exigen concentrarse en una sola cosa y descartar el resto termina jugando en contra. Los propios autores subrayan que el estudio no puede determinar si la multitarea intensa causa esta dificultad o si las personas con esa predisposición cognitiva tienden a multitarea más, una pregunta que dejaron abierta para investigación futura.
El hallazgo no se ha sostenido bien
El estudio de 2009 se hizo famoso deprisa: charlas, titulares, libros de divulgación. La replicación llegó más tarde y fue tibia. En 2017, Wiradhany y Nieuwenstein rehicieron las pruebas de filtrado de distracciones con dos muestras nuevas y potencia estadística de sobra. De catorce contrastes, solo cinco salieron en la dirección esperada. Al juntar en un metaanálisis casi cuarenta medidas de una docena de estudios, la asociación entre compaginar medios y distraerse más quedaba en algo minúsculo, y la diferencia en el cambio de tarea, que era el resultado estrella del artículo original, no reaparecía.
Un metaanálisis posterior, publicado en 2021 con diez años de perspectiva, llegó a un veredicto parecido: la relación existe sobre el papel pero es tan pequeña que apenas se distingue del ruido, y algún estudio incluso encontró a los multitareas intensos algo más rápidos, no más lentos, cambiando de tarea. El diseño correlacional que los propios Ophir, Nass y Wagner reconocieron como límite pesa aquí doble: ni sabemos si la multitarea deteriora la atención, ni tenemos claro que el efecto de laboratorio sea real. Lo honesto hoy es tratarlo como una hipótesis influyente y mal confirmada, no como un hecho.
«Los multitareas mediáticos intensos rindieron peor en una prueba de capacidad de cambio de tarea, probablemente por una menor capacidad para filtrar la interferencia de lo irrelevante.»
Ophir, Nass y Wagner (2009)
La idea de que compaginar pantallas te "entrena" para distraerte es sugerente pero está poco confirmada, así que no la conviertas en una teoría sobre tu cerebro. Lo que sí aguanta es más simple: mientras haces una tarea de foco único, cada fuente abierta al lado es una invitación a saltar. Antes de un trabajo que exija concentración, cierra el resto en vez de solo silenciarlo. El efecto inmediato lo notas aunque el de largo plazo esté en duda.