Julia Zimmermann y Franz Neyer, en la Universidad de Jena, aprovecharon algo que la investigación de personalidad rara vez tiene a mano: cientos de estudiantes alemanes que ya habían decidido irse de intercambio, y cientos más que se quedaban. Podían comparar cómo cambiaba la personalidad de unos y otros sin asignar a nadie al azar, y sin depender de que nadie recordara cómo era antes.
Más de mil estudiantes, dos fotos de personalidad
Reclutaron a 527 estudiantes con plan firme de pasar un semestre o un año fuera y a 607 sin intención de moverse, como grupo de comparación. Todos rellenaron cuestionarios estandarizados de los cinco grandes rasgos al empezar el curso y de nuevo al terminarlo.
Quienes se fueron subieron en apertura a la experiencia y en amabilidad, y bajaron en neuroticismo, es decir, ganaron estabilidad emocional. Y lo hicieron por encima de lo que se movió el grupo que se quedó. La edad y el momento vital eran parecidos en los dos grupos, así que no era simple maduración por el paso de los meses.
Relaciones nuevas, no paisajes nuevos
El análisis apuntaba a la red social. Los que hacían amigos nuevos en el destino y se apoyaban en ellos eran los que más cambiaban. Construir relaciones desde cero, en un sitio donde tu papel todavía no está fijado, obliga a tirar de iniciativa, aguantar la incertidumbre y mantener la curiosidad de una forma que la rutina en casa no pide.
Encaja con un principio de la psicología de la personalidad: los rasgos se mueven cuando la vida te obliga de forma sostenida a actuar distinto a como actuabas. Un puente de vacaciones no basta. Meses viviendo de otra manera, sí.
Cambio real, pero con letra pequeña
No es un experimento con asignación al azar. Quien se va de Erasmus ya se distingue de entrada, y de hecho una extraversión y una apertura más altas predecían marcharse. Los autores lo modelan estadísticamente, no lo eliminan.
Los rasgos se midieron por autoinforme, y verse a uno mismo "más abierto" después de una experiencia que se supone que abre puede inflar el efecto. El tamaño del cambio, además, es modesto, no una transformación de la persona. Un seguimiento del mismo equipo a cinco años vista encontró que parte del cambio persistía y parte se diluía al volver a la vida de siempre.
«Ambas formas de estancia en el extranjero se asociaron a aumentos en apertura y amabilidad y a un descenso en neuroticismo, más allá de la autoselección; la creación de nuevas relaciones de apoyo internacionales explicaba en buena parte ese efecto.»
Zimmermann & Neyer (2013)
Si lo que buscas es moverte en rasgos como la apertura o la tolerancia a la incertidumbre, la variable que predice el cambio no es lo lejos que vayas ni lo exótico del sitio, sino el tiempo sostenido haciendo vínculos nuevos donde nadie te tiene aún clasificado. Un intercambio de un semestre lo permite. Una semana de turismo, por intensa que sea, no.