Paul Piff y su equipo querían saber qué le hace exactamente el asombro al trato con los demás. No solo si sienta bien, sino si cambia la conducta hacia otras personas. En 2015 lo probaron en cinco estudios con más de 2.000 participantes, y el más citado se hizo en un bosquecillo de la Universidad de California en Berkeley.
Un minuto mirando eucaliptos de 60 metros
Noventa estudiantes fueron llevados a un grupo de eucaliptos de Tasmania de más de 60 metros de altura. La mitad pasó un minuto mirando hacia arriba, hacia las copas. La otra mitad pasó el mismo minuto mirando un edificio alto contiguo. Justo después, un colaborador de los investigadores que fingía tropezar dejaba caer una caja con once bolígrafos delante de cada participante.
Quienes habían mirado los árboles recogieron más bolígrafos, y en cuestionarios posteriores marcaron un menor sentido de merecer un trato especial. En otro de los cinco estudios, con una muestra representativa de Estados Unidos de más de 1.500 personas, la tendencia habitual a sentir asombro predijo más generosidad en un juego económico con dinero real, por encima de otras emociones positivas como la compasión.
Sentirse pequeño y pensar menos en uno
Los autores lo llaman "pequeño yo": la sensación pasajera de que tú, tus preocupaciones y tu estatus ocupáis un lugar diminuto frente a algo mucho más grande. Esa sensación explicaba estadísticamente buena parte del efecto sobre la ayuda y la generosidad.
No era simplemente estar de buen humor. Los investigadores comprobaron que el buen ánimo por sí solo no daba cuenta del efecto. Lo que lo explicaba era sentirse una parte pequeña de algo enorme, un desvío momentáneo de la atención lejos del propio ego que deja sitio para fijarse en lo que necesita el de al lado.
Un efecto real y a la vez frágil
La pieza central son 90 personas en un campus, mirando árboles durante un minuto. El efecto es pequeño y sensible al montaje, y basta cambiar detalles del procedimiento para que se debilite.
"Asombro" es además una etiqueta ancha. Un bosque, una tormenta, una catedral, una cifra astronómica y una pieza de música disparan cosas parecidas, pero no idénticas, y no todas mueven la conducta por igual. La ola de replicaciones de la última década ha tratado con dureza a los efectos de este tipo, en los que una emoción breve empuja una acción concreta. El vínculo entre asombro y generosidad se sostiene en varios estudios, pero conviene leerlo como una inclinación de la balanza, no como un interruptor.
«El asombro provoca una disminución del yo individual y de sus preocupaciones, y esa sensación de pequeñez es lo que, en parte, explica su efecto sobre la conducta prosocial.»
Piff et al. (2015)
Para buscar ese efecto no hace falta un viaje largo. Un mirador, un cielo estrellado lejos de la ciudad o cualquier vista que te haga sentir pequeño durante un minuto parece bastar, según estos datos, para inclinar un poco la balanza hacia fijarte en quien tienes al lado y echarle una mano. Es un empujón leve y de corta duración, no un cambio de carácter.