Muchos escritores y pintores hicieron su mejor obra viviendo fuera de su país. William Maddux y Adam Galinsky querían saber si eso es causa o coincidencia. ¿Vivir en otro país vuelve más creativa a la gente, o solo atrae a quien ya lo era? En 2009 lo abordaron con cinco estudios, y separaron con cuidado dos cosas que solemos meter en el mismo saco: vivir fuera y viajar.
El problema de la vela y una gasolinera que no se vendía
En el primer estudio, estudiantes de un MBA a tiempo completo de la Kellogg School intentaron resolver el problema de la vela de Duncker: sujetar una vela encendida a la pared con solo una vela, una caja de cerillas y una caja de chinchetas, sin que la cera gotee al suelo. La solución exige ver que la caja de chinchetas se puede vaciar y clavar a la pared como repisa. Los investigadores midieron por separado cuánto había vivido cada participante en el extranjero y cuánto había viajado.
Solo el tiempo vivido fuera predijo dar con la solución. El tiempo de turismo, no, ni siquiera teniendo en cuenta edad, sexo y nacionalidad. Un segundo estudio usó una negociación por la venta de una gasolinera, diseñada para que no hubiera trato posible solo con el precio, porque el mínimo que aceptaba el vendedor superaba el máximo del comprador. Solo cabía un acuerdo creativo que atendiera los intereses de fondo de las dos partes. De nuevo, únicamente haber vivido fuera predijo alcanzarlo, esta vez controlando además los cinco grandes rasgos de personalidad.
Adaptarse, no solo estar
Un tercer estudio, con estudiantes de INSEAD, señaló qué parte de la experiencia contaba. No era haber estado en un país distinto, sino cuánto se había adaptado cada persona a la cultura local mientras vivía allí. A más adaptación, mejor rendimiento en el problema de la vela.
Vivir fuera obliga a descubrir que el mismo gesto significa cosas opuestas según el sitio. Dejar comida en el plato es de buena educación en unos países y un desaire en otros. Repetir ese tipo de descubrimiento entrena la costumbre de sostener varios marcos de interpretación a la vez, que es materia prima de la creatividad.
En otro estudio pidieron a gente que ya había vivido fuera que recordara por escrito esa etapa, frente a recordar un viaje turístico o un día normal en su ciudad, antes de una prueba creativa. Recordar la vida en el extranjero mejoró el rendimiento, y más cuanto más tiempo se había vivido fuera. En quienes solo habían hecho turismo, ese recuerdo no cambió nada.
Correlación con casi todo controlado, pero correlación
A nadie se le asignó al azar a mudarse a Tokio. Quien vive fuera se distingue de entrada en recursos, en idiomas y probablemente en apertura. Los autores meten controles, personalidad y nacionalidad incluidas, pero no es un experimento.
Las muestras son estudiantes de MBA de escuelas de élite, un grupo poco representativo: móvil, acomodado, muy seleccionado. El problema de la vela y una negociación son medidas estrechas de algo tan amplio como "creatividad". Y los estudios de recordar-para-activar son del tipo que en la última década ha costado replicar en muchos laboratorios. Lo más sólido del trabajo son las correlaciones con relación dosis-respuesta. Las derivadas de laboratorio, bastante menos.
«El tiempo vivido en el extranjero, pero no el tiempo viajando por el extranjero, mostró una relación positiva con la creatividad; el grado de adaptación a otras culturas explicaba ese vínculo.»
Maddux & Galinsky (2009)
Unas vacaciones cortas fuera, por muy lejos que quede el destino, no aparecen en estos datos como una vía para pensar de forma más flexible. Lo que predice el efecto es adaptarse: quedarte el tiempo suficiente para tener que cambiar cómo interpretas cosas cotidianas, desde una cena hasta una discusión. Es un tipo de viaje bastante más incómodo que el turismo, y esa incomodidad es justo la parte que entrena.