En situaciones donde unos padres toman la decisión de separarse, siempre viene el momento de decidir cómo van a gestionar la custodia de los niños, qué días van con uno, cómo serán las visitas, la manutención, etc.
Cuando el conflicto de los padres pasa por los hijos
El problema viene cuando los padres tienen que lidiar con la responsabilidad de decidir por el bienestar de los hijos y la separación con su pareja, siendo complicado no sentir resentimiento si la ruptura ha podido ser conflictiva (o no), lo que provoca que estos malestares derivados de la ruptura influyan en las decisiones que tienen que tomar sobre sus hijos.
Y es así cuando empiezan las peleas de con quien se va con mamá, con papá, con los abuelos, etc. Crecen las tensiones, la creencia de que la otra persona lo hace con mala intención, los conflictos, las interferencias con los niños, hasta llegar a una pelea campal por quien se queda a los hijos. Es aquí donde se cae en el mayor error de una separación, el hijo se convierte en el mensajero de una relación que sus padres ya no saben cómo gestionar. Y, por supuesto, termina esta separación en los juzgados, donde los niños se sienten pequeños, creen que ellos son los culpables de todas estas discusiones, sienten conflicto de lealtad y, sobre todo, ansiedad. El niño puede verse expuesto a un proceso emocional muy complejo durante la separación de sus padres, especialmente cuando el conflicto entre ellos se mantiene en el tiempo.
Qué es exactamente la mediación
Pero, ¿cómo se podría pasar este proceso de separación sin conflicto? Siempre pensamos que, sí o sí, se deben contratar abogados y pasar por el juez, pero no es del todo cierto. Una de las opciones que existen, si la pareja no llega a un acuerdo, es nuestra amiga la mediación.
La mediación es un método voluntario y confidencial, donde no hace falta pasar por un juicio y ayuda a las personas a resolver los problemas por sí mismas, intentando preservar las relaciones y que fluya mejor la comunicación y la búsqueda de soluciones. Interviene el mediador para que se respeten los tiempos y ambos se sientan escuchados, busca que ambos salgan ganando de esta mediación, no que uno llegue a casa pensando que ha tenido que ceder en todo para no perder a sus hijos. El mediador jamás actuará como juez, ni decidirá quién tiene razón o qué progenitor debe quedarse con los hijos. Su función es facilitar el diálogo entre ambas partes, ayudarles a identificar sus verdaderas necesidades y acompañarlos en la búsqueda de un acuerdo que responda, sobre todo, al bienestar de sus hijos.
Laura y Marcos, un acuerdo que ninguno había imaginado
¿Y cómo se traduce esto en la práctica? Pongamos un ejemplo.
Imaginemos a Laura y Marcos, padres de dos hijos de 7 y 10 años, que acaban de separarse. Marcos quiere una custodia compartida por semanas y Laura prefiere que los niños estén principalmente con ella porque teme que tantos cambios afecten a su estabilidad.
En mediación descubren que, en realidad, Marcos no necesita exactamente una semana sí y otra no, lo que quiere es seguir formando parte del día a día de sus hijos. Laura tampoco quiere apartarlo, sino evitar que los niños tengan que estar cambiando constantemente de casa.
Finalmente, acuerdan una custodia compartida con un sistema más flexible, donde los niños mantienen su rutina escolar y pasan varios días entre semana y fines de semana con cada progenitor, además de repartirse las vacaciones. También establecen cómo tomarán juntos las decisiones importantes sobre sus hijos.
Ninguno consigue exactamente lo que había imaginado al principio, pero ambos consiguen algo que necesitaban. Consiguen seguir presentes en la vida de sus hijos sin convertir cada decisión en una nueva batalla.
Escuchar también a los hijos
Este es precisamente el objetivo de la mediación. Se buscan los verdaderos intereses de ambos padres, se busca una solución para que todos estén satisfechos y se sientan comprendidos. Parece algo idílico, pero solo es posible gracias a que las propias personas, al escuchar las necesidades del otro y empatizan con el otro, buscan un punto en común para construir una solución que beneficie a ambos.
Y no solo se escucha a los padres, sino que, si es necesario, en algunas sesiones, intervienen también los hijos para poder escucharlos. Porque no hay que olvidar que estamos decidiendo por ellos, lo menos que podemos hacer es pararnos a escuchar qué es lo que les gustaría hacer o darnos algún punto de vista que los adultos habíamos pasado por alto.
Lo que cuesta, en dinero y en desgaste
¿Qué otras ventajas tiene la mediación? Hemos dicho que la mediación escucha a todas las partes del problema, intenta llegar a una solución en la que todas estén de acuerdo e intenta preservar o mejorar las relaciones y evitar pasar por el proceso judicial. Pero nos falta una ventaja más, y es que es mucho más económica la mediación que un procedimiento judicial por vía contenciosa. Las sesiones de mediación pueden oscilar entre 50 y 120€ y de media se necesitan de 4 a 6 sesiones de 1 y 1,5 horas por cada sesión. Sin embargo, hablar del coste de un divorcio no debería limitarse únicamente al dinero. Existe también un coste emocional difícil de cuantificar, y son las horas de discusiones, comunicaciones que nunca llegan a buen puerto, tensión en los intercambios de los hijos, incertidumbre y desgaste para toda la familia. En este sentido, prevenir o reducir el conflicto puede tener un valor que va mucho más allá del ahorro económico.
Lo que una sentencia no puede hacer
Una sentencia puede determinar que los hijos pasen una semana con cada progenitor, pero no puede obligar a dos personas a comunicarse correctamente. Puede establecer quién recoge al menor del colegio, pero no enseñar a los padres a gestionar el desacuerdo que aparecerá cuando uno de ellos quiera apuntarlo a una actividad extraescolar y el otro no esté de acuerdo.
Porque una pareja puede dejar de ser pareja, pero no deja de ser madre y padre. La mediación puede ayudar precisamente a hacer esa transición.
La separación pone fin a una pareja, pero no pone fin a una familia. Quizá el mayor reto de cualquier ruptura con hijos es aprender a dejar de ser pareja sin dejar de ser equipo. En ese proceso, la mediación puede ser una herramienta para que la nueva realidad familiar no se construya sobre el conflicto, sino sobre el diálogo y el bienestar de los hijos que necesitan que los adultos lleguen a entenderse.
Y es así, como la familia se vuelve a unir para decidir lo mejor para ellos, para volver a funcionar con normalidad en esta nueva realidad.
«El hijo se convierte en el mensajero de una relación que sus padres ya no saben cómo gestionar.»
Lucía Juárez, psicóloga forense y mediadora
Si estás en mitad de una separación con hijos, la pregunta que abre la puerta no es quién tiene razón, sino qué necesita de verdad cada uno detrás de lo que pide. Marcos pedía semanas alternas, y lo que quería era seguir en el día a día de sus hijos. No es lo mismo. La mediación es voluntaria y confidencial, se puede plantear antes de que el asunto llegue al juzgado, y la media está entre cuatro y seis sesiones.