Un yogur individual pesa 125 gramos en Francia y 227 en Estados Unidos, y los franceses no se comen dos para compensar: se comen uno y paran. Andrew Geier, Paul Rozin y Gheorghe Doros usaron esa observación como punto de partida para probar una idea sencilla en el portal de un edificio de Filadelfia.
Los mismos pretzels, enteros o partidos, semana sí y semana no
La gestión del edificio dejaba pretzels grandes para los vecinos en un hueco del vestíbulo, lunes, miércoles y viernes. Durante doce semanas, Geier y su equipo alternaron: una semana ponían 60 pretzels enteros de unos 85 gramos, la siguiente ponían los mismos pretzels cortados por la mitad, 120 mitades, con la misma masa total en el mostrador cada día. Contaban lo que sobraba a las cuatro de la tarde.
Los vecinos se comieron bastante más pretzel, en peso, las semanas de pretzel entero. La proporción media fue de 1,69 a favor de la unidad grande, es decir, alrededor de un 69% más. Partir la pieza por la mitad no hizo que cogieran el doble de mitades para igualar, hizo que comieran menos. En paralelo, un bol de M&M's en la recepción con una cuchara normal o con otra cuatro veces mayor dio el mismo resultado: con la cuchara grande, más chocolate. Y lo mismo con un bol de Tootsie Rolls grandes frente a pequeños.
Una unidad se lee como "la cantidad correcta"
Los autores lo llamaron sesgo de unidad. La mente trata una unidad de comida, un pretzel, una cucharada, una barrita, como la cantidad que toca comer de una vez, casi con independencia de lo que pese esa unidad. Detrás hay una norma aprendida, la de terminar lo que te sirven, y la sensación de que dejar media pieza en el plato es tirar comida o parecer un glotón si coges otra.
Por eso las raciones pequeñas funcionan para comer menos. No porque uno se conforme con poco por voluntad, sino porque la mayoría no vuelve a por una segunda unidad con la misma facilidad con la que se acaba la primera. La unidad que te ponen delante hace de tope.
Lo que el estudio midió y lo que no
Lo que Geier y su equipo contaron fue lo que la gente cogía, no lo que se comía. Dan por hecho que casi todo se consumía, y es plausible con snacks que no se pueden guardar en el bolsillo sin pringarlo todo, pero es un supuesto. Son tres demostraciones de campo en un solo edificio, con quien pasara por allí, sin control de quién era cada día.
Hay un matiz que los propios autores subrayan y que suele perderse: el aumento con la unidad grande se quedó muy por debajo de lo que predeciría un sesgo de unidad puro. Con pretzel doble de grande no se comió el doble, sino un 69% más. Las calorías y el volumen siguen contando, el tamaño de la unidad solo inclina la balanza. Dicho eso, que raciones más grandes hacen comer más es de lo más replicado en nutrición, con metaanálisis y una revisión Cochrane detrás. Este experimento es una de sus estampas en la vida real, no una rareza aislada.
«La cantidad de comida que la gente elige aumenta cuando aumenta el tamaño de la unidad que se le presenta.»
Geier, Rozin y Doros (2006)
Sirve una ración definida en el plato y guarda el resto fuera de la vista, porque la primera unidad la terminas casi seguro y la segunda ya te la piensas. Compra los formatos pequeños de lo que se te va de las manos: la bolsa individual acaba en menos que la familiar aunque te digas que solo vas a picar. Y si tienes delante algo grande, partirlo antes de empezar juega a tu favor, no en contra.