Cuando alguien dice que un plato le "reconforta", ¿está hablando del sabor o de otra cosa? Jordan Troisi y Shira Gabriel sospechaban que la comida reconfortante lo es porque tira de un hilo social, no nutricional, y montaron un experimento para ver si ese hilo se podía medir.
La sopa de pollo y las palabras que acuden a la mente
En el primer experimento, unos participantes escribían sobre comer una comida que consideraban reconfortante y otros sobre comer algo nuevo. Justo después completaban palabras a las que faltaban letras. Quienes habían escrito sobre su comida reconfortante formaban más palabras relacionadas con vínculos, amigo, familia, querer, que el resto. El plato había traído consigo el vocabulario de las relaciones.
El segundo experimento provocaba primero una pequeña herida de pertenencia, pidiendo escribir sobre una pelea con alguien cercano, y luego medía la soledad. Comer o evocar la comida reconfortante amortiguaba ese golpe, pero no en todo el mundo: el efecto aparecía con claridad en personas con un apego seguro en sus relaciones y se difuminaba en quienes tenían un apego más inseguro.
Comida pegada a personas, no solo a nutrientes
La idea de Troisi y Gabriel es que ciertas comidas quedaron asociadas, en la infancia o en momentos que marcaron, a la gente que las cocinaba o las compartía. Esa asociación se guarda parecido a como se guarda el recuerdo de una relación, así que comer el plato reactiva un poco la sensación de estar acompañado aunque estés solo en la cocina.
El apego seguro funciona como condición porque determina de qué se tira. Si tu historia de vínculos cercanos ha sido fiable, la comida ligada a ellos evoca esa seguridad. Si ha sido inestable, el mismo plato no tiene el mismo poso afectivo del que echar mano.
Lo que pasó al repetirlo fuera de EE. UU.
En 2015, el equipo de Ong, IJzerman y Leung repitió el segundo experimento con muestras grandes en tres sitios: Estados Unidos, Países Bajos y Singapur, cerca de 650 personas en total. El efecto amortiguador reapareció en la muestra estadounidense, pero no en la neerlandesa ni en la singapurense. La conclusión razonable es que el consuelo de la comida reconfortante depende bastante de la cultura alimentaria en la que uno creció, y no viaja solo.
A la vez, un trabajo posterior de los propios autores encontró que, bajo una amenaza a la pertenencia, las personas con apego seguro prefieren más la comida reconfortante, lo que sostiene esa parte del modelo. Queda un efecto real y acotado: depende del apego, depende del entorno, y las muestras originales eran pequeñas y de estudiantes. La sopa de pollo no cura la soledad de nadie, y menos si el caldo no forma parte de tus recuerdos.
«Para las personas con un apego seguro, la comida reconfortante puede mitigar los sentimientos de soledad.»
Troisi y Gabriel (2011)
Si tiras de una comida reconfortante en un mal momento, fíjate en de quién viene ese plato, quién lo hacía, con quién lo comías, en vez de comerlo en piloto automático. Poner nombre a esa relación puede pesar tanto como la comida, y sobre todo apunta a lo que de verdad falta, que es la persona, no el plato.