Hasta 2013, el miedo a perderse algo era una expresión de conversación, no una variable. Andrew Przybylski y su equipo le pusieron una escala de diez preguntas y la soltaron sobre una muestra representativa del Reino Unido: 2.079 adultos en edad de trabajar, de 22 a 65 años. Querían saber qué tipo de persona puntúa alto y qué hace después con el teléfono.
Una carencia disfrazada de ansiedad
En esa muestra nacional, quienes puntuaban alto en FOMO tenían menos cubiertas las tres necesidades psicológicas que describe la teoría de la autodeterminación: sentirse capaz, sentirse dueño de las propias decisiones y sentirse conectado con otros. También declaraban peor estado de ánimo y menos satisfacción con su vida. Hasta ahí, un retrato de malestar corriente.
El giro llegó al mirar la conducta. La gente con más FOMO no usaba menos las redes para calmarse. Las usaba más, y en momentos muy concretos: en los primeros quince minutos después de despertarse, justo antes de dormir, durante el desayuno, la comida y la cena. El propio análisis situó el FOMO como el eslabón que une la carencia de fondo con ese uso intensivo del móvil.
Los 87 estudiantes que conducían mirando el móvil
Un tercer estudio del mismo trabajo, este con 87 universitarios de primer año, fue a por comportamientos con consecuencias. Los que puntuaban alto en FOMO entraban más en Facebook durante las clases y decían sentir hacia la red una mezcla de atracción y rechazo, las dos cosas a la vez. Y entre los que conducían de forma habitual, siete de cada diez de la muestra, los de más FOMO reconocían con más frecuencia escribir y leer mensajes al volante. El mismo mecanismo, llevado a un sitio donde despistarse se paga caro.
Por qué el móvil no cierra el círculo
Przybylski lee el FOMO como una señal, no como el problema en sí. Cuando a alguien le falta autonomía, competencia o vínculos reales, aparece una inquietud difusa por quedarse fuera de lo que sí parece estar dándoselo a los demás. Coger el móvil es la respuesta más rápida y a mano.
El fallo está en que el feed ofrece, como mucho, una imitación de conexión. Ver lo que hacen otros no repara la falta de autonomía ni de competencia que encendió la ansiedad. Por eso el ciclo se realimenta: más FOMO, más motivo para mirar, y mirar no cubre nada, así que el FOMO sigue. La respuesta parece que alivia y en realidad mantiene el fuego encendido.
Lo que el estudio no puede decir
Todo esto son fotografías de un momento. Los datos salieron de encuestas de una sola pasada, así que no distinguen si la carencia genera FOMO o si el FOMO va desgastando la vida de quien lo sufre. Los propios autores lo reconocen y piden estudios experimentales. Las correlaciones, además, son moderadas: el FOMO explica una parte pequeña de las diferencias de ánimo entre unas personas y otras.
Lo que el trabajo dejó bien atado es el perfil de riesgo. Más joven, más hombre, con menos necesidades psicológicas cubiertas, más FOMO. Y una consecuencia práctica que sí resiste: quien más lo sufre tiende a llevarse el móvil a sitios donde no debería, desde la cama hasta el asiento del conductor. El teléfono pesa incluso sin usarse: se ha estudiado si su sola presencia sobre la mesa enfría una conversación cara a cara.
«El miedo a perderse algo no surge de la nada: quienes tienen menos satisfechas las necesidades de competencia, autonomía y vínculo tienden a puntuar más alto, y ese miedo se asocia a más uso del móvil, quizá a costa del aprendizaje y de la seguridad al volante.»
Przybylski et al. (2013)
Cuando te descubras cogiendo el móvil por una inquietud vaga de estarte perdiendo algo, trátala como información. Te está diciendo que hay una necesidad de autonomía, de competencia o de compañía sin cubrir en otra parte del día, no que debas mirar más. El propio estudio muestra que mirar más no baja el FOMO. Solo lo acompaña.