Ethan Kross y su equipo, en la Universidad de Michigan, tenían una pregunta que las encuestas de recuerdo no resuelven bien. ¿Facebook empeora el ánimo momento a momento, o es que la gente que ya está de bajón usa más Facebook? Para separarlo reclutaron a 82 jóvenes con smartphone y cuenta activa, y los siguieron dos semanas en tiempo real, sin fiarse de lo que recordaran al final.
Un mensaje de texto, cinco veces al día
Cinco veces al día, en horas aleatorias entre las diez de la mañana y la medianoche, les llegaba un SMS con enlace a una encuesta corta: cuánto Facebook habían usado desde el último aviso, cómo se sentían justo entonces, cuánto habían hablado con gente en persona o por teléfono, cuánto se sentían solos. Al terminar las dos semanas valoraron su satisfacción con la vida. En total, más de 4.500 mediciones sueltas.
El patrón fue constante. Cuanto más Facebook había usado alguien entre dos avisos, peor decía sentirse en el siguiente. Y cuanto más lo había usado a lo largo de las dos semanas, más había caído su satisfacción con la vida al final. El efecto aguantaba tras descontar el tamaño de la red de amigos, el apoyo percibido, la autoestima y el nivel de depresión de partida.
El contacto directo no arrastraba
El dato que impide la lectura de brocha gorda es este. Hablar directamente con otras personas, incluido hacerlo por Facebook con mensajes o comentarios dirigidos a alguien, no predijo ningún bajón. Si acaso, el trato directo se asociaba a sentirse algo mejor con el tiempo. El desgaste se pegaba a una forma concreta de usar la red, la de bajar por publicaciones ajenas sin producir ni responder nada.
Kross lo interpreta como comparación social pasiva. Consumes el resumen editado de otras vidas, sin la interacción que lo matizaría, y te quedas con la sensación de ir por detrás. La red no sustituye al contacto humano, y cuanto más se fuerza a que lo sustituya, peor funciona.
Qué queda en pie diez años después
Este es el conjunto de datos que el mismo grupo reanalizó en 2015 para aislar el papel de la envidia, el estudio del uso pasivo que aquí se cuenta aparte. Comparten muestra y comparten límite: es correlacional dentro de cada persona. El diseño con desfase temporal ayuda, porque el ánimo se mide después del uso, pero no descarta del todo que un microbajón lleve a coger el móvil.
La distinción entre uso activo y pasivo se citó tanto que llegó su revisión. En 2022, un repaso de cuarenta encuestas encontró que solo en torno al 15% relacionaba el uso pasivo con peor bienestar. En un estudio que siguió a adolescentes día a día, la idea se cumplía en el 20% y fallaba en el 80% restante. El de 2013 describió un efecto medio real, que no se reparte igual entre todos los que lo leen.
«En lugar de mejorar el bienestar, como haría pensar su popularidad, usar Facebook predice lo contrario: lo va minando momento a momento y a lo largo del tiempo.»
Kross et al. (2013)
Si notas que sales de Facebook o Instagram con peor ánimo del que llevabas al entrar, revisa qué hiciste ahí dentro, no cuánto rato estuviste. Responder a alguien concreto o comentar algo con intención no salió caro en este estudio. Bajar por el muro sin tocar nada durante el mismo rato, sí. La próxima vez que abras la app, elige cuál de las dos cosas vas a hacer antes de empezar.