Heather Cleland Woods y Holly Scott no se conformaban con "el móvil quita horas de sueño". Querían separar tres cosas: cuánto tiempo total pasa un adolescente en redes, en qué momento del día lo hace, y cuánto le remueve por dentro no poder entrar. Encuestaron a 467 estudiantes de secundaria escoceses, de 11 a 17 años, para ver cuál de las tres pesaba más.
Tres formas de medir lo mismo
Cada alumno rellenó cuestionarios que medían por separado el uso general de redes, el uso nocturno concreto (en la cama, justo antes de dormir, despertarse por una alerta) y la inversión emocional, es decir, sentirse molesto o desconectado cuando no puede acceder. Junto a eso, escalas validadas de calidad de sueño, ansiedad, depresión y autoestima.
La calidad del sueño se relacionó más con el uso nocturno (una correlación de 0,34) que con el uso total del día (0,24). Y al montar un modelo que metía a la vez ansiedad, depresión y autoestima, el uso nocturno seguía prediciendo peor sueño por sí solo. El uso total del día dejaba de aportar nada.
Dos caminos distintos hacia el mismo cansancio
Las autoras describen dos vías. Usar el móvil en la cama desplaza el sueño y te expone a alertas que lo cortan, un mecanismo físico. La inversión emocional genera ansiedad al acostarte por miedo a perderte algo, un mecanismo mental. Esa segunda vía, la emocional, era la que más se relacionaba con la ansiedad, la depresión y la baja autoestima, por encima de las horas de uso.
En la muestra, un 35% puntuaba como mal dormidor, casi la mitad daba positivo en el cribado de ansiedad de la escala HADS y un 21% en el de depresión, este último casi todo en el rango límite. Números altos para una población de instituto.
Por qué no se puede leer como causa
El estudio es una foto fija. No sigue a nadie en el tiempo, así que no puede decir si el móvil nocturno estropea el sueño o si el adolescente que ya duerme mal y está ansioso acaba cogiendo el móvil de madrugada. Las dos direcciones encajan con los datos. De hecho, cuando el modelo controlaba ansiedad y depresión, la inversión emocional se quedaba sin fuerza como predictora del sueño: buena parte de lo que parecía efecto suyo era ansiedad por otra vía.
Lo que sí resiste, aquí y en la literatura posterior, es la parte del horario. Usar pantallas justo antes de dormir aparece de forma bastante consistente ligado a peor sueño, aunque los estudios grandes que cruzan tiempo de pantalla y bienestar general encuentren efectos pequeños. El resto del cuadro es más frágil.
«El momento en que los adolescentes usan las redes y la conexión emocional que sienten hacia ellas importan más que la simple frecuencia o duración del uso.»
Woods & Scott (2016)
Si te preocupa el sueño de un adolescente, o el tuyo, limitar solo las horas totales de pantalla puede no ser la palanca más útil. Los dos factores que más pesaron aquí fueron sacar el móvil del dormitorio por la noche y detectar si mirar las redes se vive como una obligación, con desazón cuando no se puede, en vez de como una elección. Lo segundo es más difícil de ver y probablemente cuenta más.