El dinero que sobra a final de mes se puede convertir en algo que se queda contigo o en algo que se acaba. Leaf Van Boven y Thomas Gilovich pusieron esa disyuntiva a prueba en 2003, con encuestas y experimentos en lugar de intuición. El resultado ha aguantado bien dos décadas: por encima de cierto nivel de renta, la experiencia que termina deja más poso que el objeto que permanece.
Encuestas, recuerdos y una compra imaginada
En dos encuestas con muestras de perfil distinto, una de ellas amplia y variada en edad e ingresos, la mayoría de la gente señaló, al repasar sus propias compras, que las experienciales (viajes, salidas, entradas) les habían hecho más felices que las materiales de coste parecido. En un experimento de laboratorio, quienes dedicaban unos minutos a pensar en una compra experiencial reciente quedaban de mejor humor que quienes pensaban en una material.
Otro experimento añadió un matiz temporal: la ventaja de la experiencia en felicidad anticipada crecía cuando la persona se proyectaba a un futuro lejano, y se encogía al pensar la compra en corto. Señal de que parte del beneficio está en cómo la compra se transforma en la memoria y en la imaginación, no en el momento de estrenarla. Ese tramo previo también cuenta: esperar un viaje ya reservado tiene su propia felicidad, medida aparte.
Lo que compras no compite contigo, se vuelve tú
Los autores dan tres razones. Una, la experiencia se reinterpreta mejor con los años: un viaje con contratiempos acaba de anécdota, un móvil que falla no mejora en el recuerdo. Dos, se compara peor con la de los demás, porque dos experiencias son menos equiparables que dos objetos del mismo tipo. Tres, se suele vivir acompañado, y eso la enreda con relaciones que por sí solas ya predicen bienestar.
El fondo del asunto es que el objeto queda fuera de ti y la experiencia entra en tu biografía. No tienes un viaje, te vuelves en parte la persona que lo hizo. Esa integración con la identidad es, según Van Boven y Gilovich, el hilo que explica por qué el mismo dinero rinde más felicidad como experiencia que como posesión.
Cuándo gana el objeto
La ventaja tiene una condición. Nicolao, Irwin y Goodman mostraron en 2009, en el Journal of Consumer Research, que las experiencias solo ganan cuando salen bien. Ante una compra que sale mal, un objeto decepcionante puede envejecer mejor que una experiencia decepcionante, porque el mal viaje se recuerda entero y el objeto se puede guardar en un cajón y olvidar.
Además, la etiqueta no siempre está clara. Una bici, un instrumento o una consola son objetos que existen para vivir experiencias. Y el efecto se ha medido sobre todo en países ricos y con gente que ya tiene lo básico cubierto. No dice nada de quien elige entre una lavadora nueva y un fin de semana fuera.
«Las compras experienciales, las que se hacen con la intención principal de vivir una experiencia, hacen más felices a las personas que las compras materiales de coste comparable.»
Van Boven & Gilovich (2003)
Ante un objeto y una experiencia de precio parecido, si buscas felicidad a medio plazo y no solo el subidón de estrenar, tira por la experiencia. Con la salvedad que deja claro el propio matiz del estudio: cuando la experiencia tiene bastantes papeletas de salir mal, mal tiempo casi asegurado, compañía difícil, el cálculo cambia y el objeto deja de ser la peor opción.