El alcohol tiene fama de anestesia emocional. Un estudio con 202 jóvenes apunta a otra cosa. Los que más beben son los que más cuentan lo que sienten. Con los videojuegos la foto se da la vuelta. Y que las dos cosas ocurran a la vez explica bastante de por qué cada uno consume lo que consume.
Qué hizo López Freire
Lucía López Freire, graduada en Psicología por la Universidad de Oviedo, reunió a 202 jóvenes de entre 18 y 30 años, de unos 21 de media, dos de cada tres mujeres. Les preguntó cuánto y con qué frecuencia fumaban, bebían y consumían cannabis, cuánto jugaban a videojuegos, y les pasó una escala que mide cómo maneja cada uno lo que siente.
El consumo del grupo era el de cualquiera de esa edad. Dos de cada tres habían bebido en el último mes, con un primer contacto sobre los 15 años, y el uso de videojuegos se quedaba muy lejos de lo problemático. Nada de esto es consumo de manual clínico, así que lo que aparece explica el uso normal, el de la mayoría, no los casos extremos.
Beber para soltar, jugar para tapar
El dato central es este. Cuanta más soltura para expresar emociones, más alcohol. Cuanta menos, más videojuegos. Dos maneras opuestas de gestionar lo que uno siente que acaban en el mismo sitio, en no quedarse a solas con ello.
El alcohol hace de lubricante social de la emoción. Baja la guardia, empuja a hablar, pone fácil decir lo que sobrio no se diría. El videojuego va al revés, se lleva toda la atención, aleja la emoción y ofrece un mundo con reglas claras y premios que llegan cuando toca. Beber más se asociaba además con peores estrategias para el estrés, no mejores. El alivio existe, pero dura poco, y el hábito se sostiene justo porque funciona en el momento.
«Los programas de prevención de conductas adictivas en jóvenes deberían abordar las habilidades de afrontamiento y de regulación emocional, no solo el consumo en sí.»
Lucía López Freire, Universidad de Oviedo (2024)
Si sueles beber cuando quedas y te cuesta soltarte sin una copa, o abres un juego cada vez que hay algo que no te apetece pensar, la pregunta que sirve no es «¿consumo demasiado?», sino «¿qué sentiría si ahora no hiciera esto?». Lo que responderías a eso es justo lo que el consumo te está tapando.