Hay un perfeccionismo que tiene poco que ver con tus ganas de hacerlo bien y mucho con el miedo a lo que van a pensar si fallas. Los psicólogos lo llaman perfeccionismo socialmente prescrito. Un estudio de 2025 con 121 deportistas jóvenes siguió el recorrido por el que esa exigencia acaba en agotamiento, y resulta que llega por un camino de dos escalones que cuesta ver en uno mismo.
Los 121 deportistas de Millán Isusi
Naiara Millán Isusi, graduada en Psicología por la Universidad de Oviedo, trabajó con 121 deportistas jóvenes (57 mujeres, 64 hombres, de 16 a 30 años y de deportes variados) para ver cómo se relaciona el perfeccionismo con el agotamiento y con el rendimiento que cada uno cree tener.
Conviene separar dos perfeccionismos, porque no funcionan igual. Uno mira al progreso: pones el listón alto porque quieres mejorar, y cuando fallas eso te dice algo útil. El otro mira al qué dirán: notas que los demás esperan de ti una perfección que nunca vas a poder asegurar, y entonces cada fallo deja de ser información y se convierte en una amenaza a lo que vales.
El agotamiento llega en dos pasos
Lo que encontró Millán Isusi es que ese segundo perfeccionismo no lleva al agotamiento de un salto. Llega por dos escalones encadenados. El primero es el miedo a fallar. Quien siente que su valor depende de no equivocarse acaba en alerta permanente con el error, y la energía que debería ir al rendimiento se le va en gestionar ese miedo.
El segundo escalón es el autosabotaje. Como da el fallo por hecho, la persona empieza a no implicarse del todo, a dejarse excusas preparadas, a protegerse antes de que la cosa se ponga seria. El resultado es alguien agotado sin haber llegado a la línea de salida, desgastado por el terror a lo que pasaría si compitiera de verdad.
Esto va mucho más allá del deporte. El mismo mecanismo está en el estudiante que no entrega el trabajo porque «así no está bien», en quien no pide el ascenso porque «no es el momento», en cualquiera que haya confundido ser perfeccionista con ser bueno en lo suyo. Lo que cambia no está en lo que haces por fuera, sino en desde dónde lo haces, si desde lo que te importa o desde lo que temes.
«El perfeccionismo maladaptivo no agota por exigir demasiado, sino porque convierte cada actuación en un examen del propio valor.»
Naiara Millán Isusi, Universidad de Oviedo (2025)
Antes de tu próxima tarea difícil, pregúntate de dónde sale la exigencia. «Quiero hacerlo bien porque me importa cómo salga» y «tengo que hacerlo bien o va a quedar claro que no valgo» te hacen actuar igual durante un tiempo, pero por dentro desgastan de forma muy distinta. Distinguirlas no te quita la exigencia, la hace aguantable.