En un perfil de Vanity Fair de 2012, Barack Obama explicó por qué solo llevaba trajes grises o azules. «Intento reducir el número de decisiones. No quiero decidir sobre lo que como o lo que visto, porque tengo demasiadas otras decisiones que tomar.» La frase encajaba con una idea muy repetida de la psicología: decidir gasta un recurso limitado, y protegerlo de las tonterías te deja más para lo importante. La idea tiene un problema.
De dónde sale
En 2008, Kathleen Vohs y sus colegas publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology un trabajo con cuatro experimentos de laboratorio y un estudio de campo. En los de laboratorio, una parte de los participantes tomaba muchas decisiones de consumo seguidas, elegir entre este bolígrafo y aquel, entre esta asignatura y aquella, mientras que otra parte solo miraba las mismas opciones sin elegir. Después, los que habían elegido aguantaban menos con la mano en agua helada, se rendían antes ante problemas difíciles, procrastinaban más y resolvían peor una tanda de cálculo aritmético.
El estudio de campo fue en un centro comercial: los compradores que decían haber tomado más decisiones activas ese día rendían peor en la prueba de aritmética. Todo esto se apoyaba en la teoría del «agotamiento del yo» de Roy Baumeister y Mark Muraven, de 2000, según la cual el autocontrol funciona como un músculo que se fatiga. Una versión posterior, de Baumeister con Matthew Gailliot en 2007, proponía que el combustible concreto era la glucosa en sangre.
Lo que pasó al ponerlo a prueba en serio
En 2016, un consorcio coordinado por Martin Hagger repitió el experimento clásico del agotamiento del yo en veintitrés laboratorios a la vez, con más de dos mil participantes y el protocolo registrado antes de recoger un solo dato. El efecto combinado fue de un tamaño de 0,04, indistinguible de cero. La pieza central de la teoría no apareció.
La versión de la glucosa había caído antes. Robert Kurzban mostró en 2010 que las tareas de autocontrol no bajan de forma apreciable el azúcar en sangre, que el cerebro consume glucosa a un ritmo bastante estable haga lo que haga, y que unos minutos de esfuerzo mental suponen del orden de 0,2 calorías. Un metaanálisis de 2016 revisó las tres predicciones del modelo de la glucosa y no encontró apoyo para ninguna.
El estudio que popularizó la etiqueta «fatiga de decisión», el de los jueces israelíes de libertad condicional de 2011, también está discutido: buena parte de su patrón podría explicarse por el orden en que se colocan los casos en la agenda, no por el hambre del juez. Con lo cual la base empírica de la frase de Obama es, hoy, bastante endeble.
Qué se salva
Que la teoría del depósito no cuadre no significa que dé lo mismo encadenar cien decisiones. La lectura que va ganando terreno es la del coste de oportunidad, defendida entre otros por el propio Kurzban. Según ella, el esfuerzo mantenido no vacía ningún tanque: lo que ocurre es que la tarea se vuelve subjetivamente más costosa y la atención empieza a tirar hacia otras cosas que podrías estar haciendo. La sensación de «no puedo más» es una señal motivacional, no la lectura de un indicador de gasolina.
Y la práctica de recortar decisiones menores sigue teniendo sentido por otras vías más aburridas. Cada microelección resuelta de antemano te ahorra tiempo y te evita interrupciones de foco al empezar el día. Eso es real y medible aunque la fuerza de voluntad no funcione como una batería. El uniforme de Obama probablemente le servía. Solo que no por la razón que él daba.
«Tomar decisiones redujo el autocontrol posterior: menos aguante físico, menos persistencia ante el fracaso y peores cálculos.»
Vohs et al. (2008)
Fijar de antemano el desayuno, la ropa y por dónde empezar a trabajar es barato y te quita fricción al arrancar, así que hazlo si te ordena la mañana. Lo que no funciona es contar con que se te recargue un depósito: si llevas horas decidiendo y notas que rindes peor, la respuesta útil es parar de verdad un rato o aplazar lo gordo para mañana, no un café azucarado ni apretar los dientes.
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Baumeister es quien documentó la fatiga de decisión que explica por qué Einstein, Obama o Zuckerberg vestían siempre igual: cada elección trivial consume el mismo recurso mental limitado.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la fatiga de decisión?
El deterioro de las decisiones tras tomar muchas seguidas. La idea clásica de Baumeister la comparaba con un músculo que se agota, pero una replicación con 23 laboratorios y más de 2.000 personas en 2016 no encontró el efecto.
¿Por qué Obama vestía siempre trajes grises o azules?
Lo explicó en 2012: reducir decisiones triviales para reservar capacidad a las importantes. La práctica ahorra tiempo y fricción, aunque la teoría del depósito de fuerza de voluntad que la justificaba no se ha sostenido.
¿Es válido el modelo de la glucosa como combustible de la fuerza de voluntad?
No. Las tareas de autocontrol no bajan de forma apreciable el azúcar en sangre y una revisión de 2016 no halló apoyo para ninguna de las predicciones del modelo.
¿Qué se salva de la fatiga de decisión?
La explicación por coste de oportunidad: el esfuerzo sostenido hace que la tarea se sienta más costosa y que la atención se disperse hacia otras cosas, sin que se agote ningún recurso físico.