Un testigo señala al acusado desde el estrado y dice que no le queda ninguna duda, que esa cara no se le ha olvidado.2 El jurado lo cree, y en parte hace bien, porque pocas cosas suenan tan sólidas como alguien que vio el crimen con sus propios ojos. El problema llega después. De las primeras 375 condenas que el Innocence Project1 logró anular en Estados Unidos con pruebas de ADN, alrededor del 69% se habían apoyado en un testimonio ocular equivocado. No en testigos que mintieran para hundir a nadie. En testigos completamente convencidos de lo que decían.
01Una prueba que convence más de lo que debería
En un juicio, el relato de alguien que estuvo allí pesa más que casi cualquier informe técnico. Es intuitivo, es humano y encaja con cómo creemos que funciona la memoria, como una cámara que graba y luego reproduce. Un jurado que escucha a un testigo describir la escena sin titubear tiende a darla por cerrada.
La psicología del testimonio lleva medio siglo avisando de que esa confianza está mal puesta. La memoria no graba. Reconstruye. Y en el hueco entre lo que pasó y lo que se recuerda cabe mucho más de lo que nadie sospecha: una pregunta mal formulada, una foto vista en el periódico, un comentario de otro testigo, la propia necesidad de que la historia acabe teniendo sentido.
02El centro comercial en el que nadie se perdió
En 1995, Elizabeth Loftus y Jacqueline Pickrell reunieron a 24 personas y les dieron un cuadernillo con cuatro episodios de su infancia, supuestamente aportados por un familiar. Tres eran verdad. El cuarto era mentira: haberse perdido en un centro comercial a los cinco años, haber llorado un buen rato y haber vuelto con la familia gracias a una señora mayor. Durante dos semanas se les entrevistó dos o tres veces y se les pidió que recordaran todo lo que pudieran de cada episodio.
Seis de los 24, la cuarta parte, terminaron dando por suyo el recuerdo inventado. Y no lo aceptaban a medias. Añadían la ropa de la señora, el suelo de la tienda, el susto de su madre, cosas que no estaban en el guion que les habían entregado. El cerebro había rellenado los huecos por su cuenta.
Años después, el mismo grupo probó algo más difícil. Enseñaron a los participantes un anuncio falso de Disney que evocaba lo bonito que era estrechar la mano de Bugs Bunny en el parque. Es imposible: Bugs Bunny es de Warner y nunca ha pisado Disneyland. Aun así, un 16% dijo después acordarse de haberlo hecho. En una versión posterior con varios anuncios, la cifra trepó hasta cerca de un tercio.
03Por qué recordar es volver a escribir
Cada vez que traes un recuerdo a la cabeza no abres un archivo cerrado. Lo reactivas, lo manoseas y lo vuelves a guardar, y en esa segunda grabación se cuela el presente: lo que te acaban de preguntar, lo que leíste ayer, lo que esperas que sea verdad. El proceso se llama reconsolidación3 y tiene una consecuencia incómoda. La información que llega después del hecho se integra en el recuerdo original sin una etiqueta que diga "esto lo añadiste tú más tarde".
De ahí sale la parte más peligrosa para un juicio. La seguridad con la que alguien recuerda algo no guarda una relación fiable con lo acertado que está. Se puede recordar con convicción absoluta un detalle que nunca ocurrió. Y como los jurados premian al testigo que no duda, el que más aplomo transmite es a veces el que más ha reescrito.
Muchas de las condenas por identificación errónea se podrían haber evitado con procedimientos de reconocimiento mejor diseñados.
Wells et al. (2006)
04Hasta dónde llega el argumento
Conviene no pasarse de frenada. Que un recuerdo se pueda contaminar no significa que todos lo estén. La mayoría de la gente, la mayor parte del tiempo, recuerda de forma razonable lo que vio. El "perdido en el centro comercial" también ha recibido críticas: una parte de esos recuerdos implantados son más bien vagos, aceptaciones de "puede que pasara" antes que escenas nítidas. Una réplica preregistrada de 2023, con cientos de participantes, volvió a encontrar el efecto, aunque discutiendo cuánto de lo que se cuenta como "recuerdo falso" merece de verdad ese nombre.
Hay además una línea de trabajo, encabezada por John Wixted, que rehabilita en parte la confianza del testigo. Medida justo en la primera identificación, con una rueda de reconocimiento bien montada y antes de que nadie le diga nada, la seguridad del testigo sí predice bastante bien su acierto. El desastre viene luego, cuando esa identificación inicial dudosa se endurece a base de repetirla, de que un agente le diga "buen trabajo" y de llegar al juicio meses más tarde convertida en certeza de hierro.
05Lo que ha cambiado en las comisarías
El informe de Gary Wells y su equipo en 2006, y las recomendaciones que vinieron detrás, empujaron reformas concretas en muchos cuerpos policiales de Estados Unidos y Reino Unido. La rueda de reconocimiento se hace a doble ciego4, para que el agente que la dirige no pueda dar pistas sin querer. Se avisa al testigo de que el sospechoso puede no estar entre las fotos. Se anota su nivel de seguridad en el momento, con sus palabras, antes de cualquier comentario. Y la entrevista se hace con preguntas abiertas, sin verbos que sugieran la respuesta.
| Medida | Qué evita |
|---|---|
| Rueda a doble ciego | Que el agente dé pistas sin querer |
| Avisar de que el sospechoso puede no estar | Que el testigo elija al que más se parece |
| Anotar la seguridad en el momento | Que la duda inicial se convierta luego en certeza |
| Preguntas abiertas | Que la pregunta meta la respuesta |
Ninguna de esas medidas arregla la memoria. Solo evitan estropearla más de lo que ya viene estropeada de casa.
Cuando alguien te cuente algo del pasado con total seguridad, tú incluido, recuerda que la firmeza del recuerdo no mide su exactitud. Si vas a declarar sobre algo que viste, pide contarlo con tus palabras y desconfía de las preguntas que ya traen la respuesta dentro. Y si tienes que valorar el testimonio de otra persona, pregúntate cuántas veces ha contado ya esa historia y quién le ha ido diciendo por el camino que lo estaba haciendo bien.

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.
Ver sus artículosReferencias
- Wells et al. (2006), Psychological Science in the Public Interest doi.org/10.1111/j.1529-1006.2006.00027.x
- Loftus, E. F. y Pickrell, J. E. (1995). The Formation of False Memories. Psychiatric Annals, 25(12), 720-725. doi.org/10.3928/0048-5713-19951201-07