Se te eriza la piel con una canción que has oído mil veces. Sabes qué nota viene, sabes dónde está el subidón, y aun así la piel responde. Ese escalofrío tiene un nombre en la literatura científica, frisson, y en 2011 un equipo de Montreal consiguió ver qué pasa dentro del cerebro justo en ese instante. La respuesta corta es que se libera dopamina en el circuito de recompensa, el mismo que se activa al comer con hambre, al ganar dinero o al consumir una droga estimulante. La versión larga es más interesante, porque la dopamina no llega toda de golpe.
Un escalofrío que no todo el mundo tiene
El frisson no es universal. Según a quién preguntes, entre la mitad y dos tercios de la gente dice sentirlo alguna vez con la música, y solo una minoría lo nota de forma intensa y recurrente. Suele aparecer en un cambio brusco, la entrada inesperada de una voz, un crescendo, un silencio que se rompe. Dura unos segundos y va acompañado de piel de gallina y a veces de un nudo en la garganta.
Durante décadas se describió en términos casi literarios y poco más. Medirlo en el cuerpo era complicado, porque hace falta pillar el momento exacto del escalofrío y cruzarlo con lo que ocurre dentro del cráneo en esa misma ventana de tiempo. Eso es lo que resolvió el estudio de Valorie Salimpoor y Robert Zatorre.
Ocho personas, su propia música y dos escáneres
El laboratorio estaba en el Instituto Neurológico de Montreal, en la Universidad McGill. Los ocho voluntarios finales no se eligieron al azar: todos habían pasado un filtro previo para confirmar que sentían escalofríos de forma fiable con piezas concretas, siempre instrumentales, para descartar que el efecto viniera de la letra. Cada uno llevó su propia música. Como control, escuchaban también las selecciones de los demás, que a ellos les resultaban neutras.
Se usaron dos técnicas a la vez. Una tomografía por emisión de positrones con un marcador, el [11C]raclopride, que se engancha a los mismos receptores que la dopamina y va siendo desplazado cuando el cerebro libera dopamina propia. Cuanto más marcador se desplaza, más dopamina se ha soltado. La otra técnica, la resonancia magnética funcional, no mide dopamina pero tiene mejor resolución temporal, así que sirve para saber cuándo se activa cada zona.
Mientras escuchaban, los participantes iban marcando en tiempo real la intensidad del escalofrío. La media fue de 3,7 escalofríos por pieza. Al cruzar esos picos con los datos de los escáneres apareció un aumento claro de dopamina en el cuerpo estriado, una región profunda que forma parte del circuito de recompensa. Hasta ahí, lo esperable. El giro estaba en el reparto.
El cerebro paga por adelantado
La dopamina no se liberaba en un solo sitio ni en un solo momento. En los quince segundos previos al clímax de la pieza, cuando el escalofrío todavía no había llegado pero se veía venir, la actividad se concentraba en el núcleo caudado, la parte del estriado más conectada con la predicción y el aprendizaje. En el instante del escalofrío, el foco se desplazaba al núcleo accumbens, más ligado al placer ya consumado.
Anticipación en un sitio, recompensa en otro. Es el mismo patrón que se observa con las recompensas biológicas. El cerebro suelta una parte de la dopamina no cuando llega lo bueno, sino cuando calcula que va a llegar, y ese cálculo se basa en todo lo que has escuchado antes en tu vida. Por eso una canción nueva rara vez eriza la piel a la primera. Necesitas un modelo mental de hacia dónde va la música para que el sistema de predicción tenga algo que predecir.
Salimpoor lo resumió señalando que la música permite observar todas las fases de la recompensa en directo, desde el estado neutro hasta el pico, algo que con la comida o el dinero cuesta más separar. Un patrón de sonido sin valor nutritivo ni utilidad reproductiva termina activando la maquinaria que evolucionó para reforzar justo eso.
Lo que el estudio no demuestra
Ocho personas es una muestra pequeña, y la tomografía mide la dopamina de forma indirecta, por descarte del marcador. Que se active "el mismo circuito que la cocaína" es cierto y a la vez engañoso, porque la magnitud, la velocidad y las consecuencias no se parecen. La música no genera tolerancia ni síndrome de abstinencia, y nadie arruina su vida por escuchar demasiado a Bach.
El diseño tampoco dice nada sobre la mayoría de oyentes, porque seleccionó a propósito a quienes sí sienten escalofríos intensos. Si tú nunca los has notado, no es un defecto, es la variabilidad normal.
Lo que sí se ha sostenido es el papel de la dopamina. En 2019, un equipo dirigido por Laura Ferreri dio a los participantes un precursor de dopamina, un bloqueante o un placebo antes de escuchar música. Con el precursor, el placer y las ganas de volver a oír la pieza subían. Con el bloqueante, bajaban. La química que Salimpoor había fotografiado en 2011 resultó ser causa, no solo acompañante.
«La música, una recompensa abstracta, puede provocar la liberación de dopamina en el sistema estriado, y la anticipación del placer recluta una vía anatómica distinta de la del placer máximo en sí.»
Salimpoor et al. (2011)
Si usas música para regular el ánimo, arma una lista corta con las piezas que de verdad te erizan la piel, no con lo que se supone que relaja. Y presta atención a los segundos previos al momento que esperas, porque buena parte del disfrute está ahí, en la anticipación, no solo en el subidón. El efecto se desgasta con la sobreexposición, así que reservar esas canciones para cuando las necesitas las mantiene potentes.
Si quieres profundizar en esto
Levitin explica, desde la neurociencia, por qué ciertas piezas musicales activan el mismo circuito de recompensa que la comida o el sexo, la base de la euforia física que describe este artículo.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué algunas canciones producen escalofríos o euforia física?
La música activa el sistema dopaminérgico. El pico de dopamina se produce en la anticipación antes del clímax musical. Es la misma vía que el placer físico.
¿Qué es el "chills" o frisson en respuesta al arte?
La respuesta autonómica (escalofríos, erizamiento de piel, aumento de frecuencia cardíaca) ante música o arte emocionalmente intensos. Ocurre en el 55-65% de la población.
¿Qué tiene de especial el cerebro de las personas muy sensibles a la música?
Mayor conectividad entre la corteza auditiva y el nucleus accumbens (centro del placer). Los "muy sensibles" procesan el sonido con más recursos emocionales.
¿Por qué el arte puede emocionarnos hasta las lágrimas?
Activa la red de modo por defecto (DMN), asociada a memorias autobiográficas y empatía. El arte que "habla" fuerza al cerebro a referenciarse a sí mismo.