Cuarenta y cinco estudiantes ven siete vídeos cortos de accidentes de tráfico. Después, una pregunta: ¿a qué velocidad iban los coches? A unos les llega con el verbo "se estrellaron"; a otros, con un "se tocaron". Los primeros calculan de media unos 66 kilómetros por hora. Los segundos, 51. El choque era el mismo y el vídeo era el mismo. Lo único que cambió fue una palabra dentro de la pregunta, y con ella cambió lo que la gente creía haber visto.
Preguntar por un recuerdo nunca es neutro
Damos por hecho que una pregunta solo extrae información, que la saca de donde estaba sin tocarla. Con la memoria no funciona así. "¿A qué velocidad iban cuando se estrellaron?" no pregunta lo mismo que "¿a qué velocidad iban cuando chocaron?". El verbo ya está metiendo una idea de violencia, de chapa retorcida, de golpe seco. Y el cerebro la recoge.
Elizabeth Loftus y John Palmer quisieron medir ese contrabando. Su hipótesis era sencilla y molesta. La forma de la pregunta no solo inclina la respuesta del momento, se queda dentro del recuerdo y lo deforma para lo que venga después.
Cinco verbos para el mismo golpe
En el primer experimento, publicado en 1974, los 45 estudiantes vieron los siete accidentes y luego respondieron a un cuestionario. La pregunta sobre la velocidad era idéntica para todos salvo por el verbo, repartido en cinco versiones: se estrellaron, colisionaron, chocaron, golpearon y se tocaron.
Las estimaciones salieron escalonadas, siguiendo la fuerza del verbo. "Se estrellaron" daba una media de 40,8 millas por hora. "Colisionaron", 39,3. "Chocaron", 38,1. "Golpearon", 34. "Se tocaron", 31,8. Entre el verbo más duro y el más suave había casi nueve millas por hora, unos quince kilómetros, sobre exactamente las mismas imágenes.
Los cristales que nadie rompió
El segundo experimento es el que llevó el hallazgo a los juzgados. Esta vez participaron 150 personas nuevas, repartidas en tres grupos. A uno se le preguntó por la velocidad con "se estrellaron". A otro, con "chocaron". Al tercero no se le preguntó nada sobre la velocidad.
Una semana después se llamó a los 150 y se les hizo una pregunta trampa: ¿había cristales rotos en el vídeo? No había ni uno. En el grupo del "se estrellaron", el 32% dijo que sí los había visto. En el del "chocaron", el 14%. En el que no había oído ningún verbo, el 12%. Una sola palabra, dicha siete días antes, había plantado un destrozo inexistente en la memoria de casi un tercio de la gente.
El verbo abre una carpeta entera
Un verbo no describe solo un movimiento. Enciende todo un guion asociado a esa palabra. "Estrellarse" viene acompañado, en la memoria de cualquiera, de velocidad alta, chapa hundida y cristales por el suelo. Cuando el cerebro tiene que reconstruir la escena del vídeo, ese guion se pone a competir con lo que de verdad se grabó, y muchas veces gana. El recuerdo final es una mezcla de lo visto y lo sugerido, sin costura visible entre las dos cosas.
Loftus dedicó las décadas siguientes a repetir la idea con otros montajes. Semáforos que cambiaban de color en el recuerdo, señales de stop convertidas en ceda el paso, cómplices que "recordaban" a un intruso inexistente. El fenómeno tiene nombre propio, efecto de desinformación, y es de los más replicados de la psicología de la memoria.
Lo que el estudio no prueba
Hay que ponerle límites. Esto es un vídeo visto en un aula, no un accidente sufrido en la calle con adrenalina de por medio, y parte del efecto puede venir de que el participante intuye lo que se espera de él y tira por ahí. El salto de quince kilómetros por hora es una media de grupo, no lo que le ocurre a cada persona.
Lo que sí aguanta, con cientos de estudios detrás, es la pieza gruesa. Una pregunta que da por supuesto un detalle puede instalar ese detalle en el recuerdo de quien responde, y esa persona lo defenderá después convencida. Sobre esa base se reformaron los protocolos de interrogatorio en Reino Unido, Australia y buena parte de Estados Unidos. La entrevista cognitiva que usa hoy la policía formada obliga a los agentes a preguntar en abierto, no adelantar ninguna versión y no confirmar ni desmentir nada de lo que diga el testigo, porque cualquier reacción contamina la siguiente ronda.
«La forma en que se plantea una pregunta sobre un suceso puede alterar el recuerdo que el testigo conserva de él.»
Loftus & Palmer (1974)
Fíjate en cómo viene montada la pregunta cuando alguien te pide recordar o valorar algo, sea un jefe, un periodista o un abogado. Si la pregunta ya trae dentro una versión de los hechos, tu respuesta sale empujada hacia ahí sin que lo notes. Y cuando seas tú quien pregunta, si lo que te interesa es la verdad y no una confirmación, deja la frase lo más abierta posible y no metas el adjetivo antes de que el otro conteste.
Si quieres profundizar en esto
El experimento de Loftus y Palmer es, en el fondo, un experimento sobre framing: cómo una sola palabra en la pregunta reescribe el recuerdo. Kahneman explica el mecanismo general detrás.
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Preguntas frecuentes
¿Influye el lenguaje del fiscal en el veredicto del jurado?
Sí. El framing lingüístico activa esquemas cognitivos distintos. Las mismas acciones descritas con palabras más graves generan condenas significativamente más severas.
¿Qué es el framing en psicología jurídica?
El efecto por el que la forma de presentar un caso (vocabulario, metáforas) afecta a los juicios del jurado, más allá del contenido factual.
¿Por qué el lenguaje legal es tan preciso?
"Asesinato" vs "homicidio" vs "matar" producen respuestas emocionales y categorizaciones diferentes en el jurado.
¿Son los jueces inmunes al efecto del lenguaje?
No. Los estudios muestran que los jueces también son susceptibles al framing, aunque en menor medida que los jurados legos.