Ocho jueces israelíes, diez meses, 1.112 vistas de libertad condicional. Cuando los investigadores buscaron qué predecía mejor la decisión, no fue la gravedad del delito ni el historial del preso. Fue la hora. Justo después del desayuno, los jueces concedían la condicional en torno al 65% de las veces. Según se acercaba la pausa, esa cifra se desplomaba casi a cero. Tras el descanso, volvía al 65%. Es uno de los estudios de psicología más citados de la última década. También uno de los más discutidos, y esa segunda parte casi nunca se cuenta.
El estudio que puso una cifra al cansancio del que juzga
Shai Danziger, Jonathan Levav y Liora Avnaim-Pesso publicaron los datos en PNAS en 2011 con un título sobrio, «Factores ajenos en las decisiones judiciales». Habían seguido a los ocho jueces de juntas de libertad condicional de dos prisiones israelíes. Cada juez veía entre catorce y treinta y cinco casos al día, repartidos en tres tandas separadas por una pausa para comer o para el café.
El patrón que dibujaron los datos tenía forma de sierra. Cada tanda arrancaba con una tasa alta de concesiones y bajaba según pasaban los minutos. La pausa la reseteaba. Los autores revisaron los sospechosos habituales y los descartaron uno por uno. El orden de los casos no seguía la gravedad del delito. El tipo de crimen se repartía de forma pareja a lo largo del día. La conclusión que ofrecieron fue directa. Un juez agotado tira hacia la opción segura, y en una junta de condicional la opción segura es decir que no.
Por qué el «no» es el camino de menos resistencia
Conceder la libertad exige construir un argumento. Hay que justificar por qué este preso, ahora, merece salir, y cargar con lo que pase si reincide. Denegar no pide nada de eso. Se mantiene todo como estaba y nadie va a pedir explicaciones.
A eso los psicólogos lo llaman sesgo de statu quo, y se agrava cuando la cabeza está cansada. Sin recursos para deliberar, el cerebro se queda con la opción que no obliga a pensar. Lo inquietante del caso judicial es que el juez no lo nota. Cree que está aplicando el mismo criterio a las nueve de la mañana que a la una menos cuarto.
La otra mitad de la historia
Meses después, en la misma revista, Keren Weinshall-Margel y John Shapard respondieron. Su objeción iba a la línea de flotación del estudio. El orden de los casos no era aleatorio. En esas juntas, los presos sin abogado suelen quedar para el final de cada tanda, y de entrada reciben menos concesiones. Los casos de una misma prisión se agrupaban seguidos. Si lo que se acumula al final de cada bloque son casos con menos probabilidad de éxito por razones ajenas al hambre, el patrón de sierra aparece sin necesidad de invocar la glucosa. Danziger y su equipo replicaron que la tendencia se mantenía incluso controlando por la presencia de abogado.
En 2016, Andreas Glöckner apretó más. Con una simulación mostró que el tamaño del efecto publicado es demasiado grande para explicarlo solo con el cansancio. Si un juez evita empezar un caso que no podrá cerrar antes de la pausa, y los casos más largos y peleados son también los que más se deniegan, sale una caída parecida sin que ningún juez tenga hambre. Sería un artefacto de cómo se ordena la agenda, no una ventana al cerebro fatigado.
Hoy el «efecto del juez hambriento» vive en una zona incómoda. Demasiado citado para ignorarlo, demasiado cuestionado para tratarlo como un hecho cerrado. Lo que sí sostiene la literatura más allá de este estudio concreto es que decidir muchas veces seguidas degrada la calidad de las decisiones. La pieza que sigue en duda es cuánto, y si el reloj del almuerzo es de verdad el culpable.
«Factores ajenos a la ley influyen en las decisiones judiciales.»
Danziger, Levav & Avnaim-Pesso (2011)
Aunque el estudio de los jueces esté en discusión, la recomendación práctica aguanta por otras vías. No plantees tu asunto más difícil, ni el de la otra parte, en los últimos minutos antes de una pausa o al final de una jornada larga de reuniones. Si decides tú, coloca lo más espinoso a primera hora. Si te evalúan a ti, en una entrevista o un tribunal oral, pide turno temprano. Y si llevas horas encadenando decisiones, la señal honesta es aplazar, no acelerar.
Si quieres profundizar en esto
El "juez hambriento" es el ejemplo más citado de fatiga de decisión en el mundo real. Baumeister explica por qué el estado físico condiciona la calidad de cualquier veredicto, judicial o cotidiano.
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Preguntas frecuentes
¿Influye el hambre o el cansancio en los veredictos de los jueces?
Sí. El estudio de Danziger (2011) con 1.112 decisiones judiciales mostró que las resoluciones favorables alcanzaban el 65% tras el descanso y caían al 0% antes de él.
¿Qué es el ego depletion o agotamiento del ego?
La hipótesis de que el autocontrol usa un recurso cognitivo limitado que se agota con el uso, llevando a decisiones más automáticas y conservadoras.
¿Por qué los jueces tienden a la condena cuando están cansados?
El estado por defecto al agotarse la deliberación es el "no", la denegación. Cambiar el estado actual (liberar al acusado) requiere más esfuerzo cognitivo.
¿Cómo afecta el estado físico a nuestras decisiones cotidianas?
El hambre, el cansancio y el estrés activan el Sistema 1 (intuitivo) y desactivan el Sistema 2 (deliberativo). Las decisiones importantes se toman peor en esas condiciones.