Que a la gente atractiva se le perdona más es de las cosas que la psicología social lleva más tiempo repitiendo. Harold Sigall y David Ostrove sospechaban que la regla tenía una excepción, y que esa excepción saltaba justo cuando la belleza de la persona había sido la herramienta del delito. En 1975 lo llevaron al laboratorio con una sola acusada y dos crímenes distintos.
El efecto halo y su punto ciego
La idea de partida era el efecto halo: si alguien tiene una cualidad visible que valoramos, tendemos a darle por hecho el resto. Guapo, luego probablemente listo, honrado y de fiar. Décadas de estudios en salas simuladas habían encontrado que los acusados atractivos salían mejor parados, con veredictos más suaves y penas más cortas.
Sigall y Ostrove no discutían el efecto. Discutían que fuera automático. Su apuesta era que el jurado, aunque no lo diga en voz alta, hace una segunda pregunta antes de aplicar la indulgencia: ¿este rasgo tuvo algo que ver con lo que hizo?
La misma mujer, dos delitos
120 estudiantes, la mitad hombres y la mitad mujeres, leyeron la ficha de un caso protagonizado por una tal Barbara Helm. A un tercio se le adjuntaba una foto favorecedora, a otro tercio una poco favorecedora, y al resto ninguna foto. Después tenían que proponer los años de cárcel.
El delito cambiaba según el grupo. En una versión era un robo: Helm había conseguido de forma ilegal la llave de un piso y se había llevado 2.200 dólares. Su aspecto no pintaba nada en cómo lo hizo. En la otra versión era una estafa: había engatusado a un hombre para que metiera esos mismos 2.200 dólares en una empresa que no existía. Ahí, gustar y generar confianza era el método.
El resultado se da la vuelta
En el robo funcionó el guion de siempre. La acusada atractiva se llevó de media 2,80 años. La poco atractiva, 5,20. El grupo sin foto, 5,10. Ser guapa valía casi dos años y medio de rebaja.
En la estafa el orden se invirtió. La acusada atractiva recibió 5,45 años de media, por encima de los 4,35 que le pusieron tanto al grupo de la foto poco favorecedora como al que no vio ninguna. La misma cara que descontaba condena por el robo la sumaba por la estafa.
De rasgo a arma
La explicación que dieron Sigall y Ostrove es que el jurado no evalúa la belleza en abstracto. La lee dentro del delito. Si el atractivo es irrelevante para el crimen, un piso se roba igual siendo guapo o no, entonces funciona como prueba indirecta de buen carácter y ablanda el juicio. Si el crimen consistió precisamente en resultar encantador para bajar la guardia de la víctima, ese mismo atractivo pasa a verse como el instrumento, y entonces agrava.
La lección incómoda es que no hay un efecto único y estable de la apariencia en la justicia. Hay una interacción entre lo que alguien parece y lo que se le acusa de haber hecho con ello, y esa interacción puede convertir la misma cualidad en atenuante o en agravante.
Qué queda en pie medio siglo después
Es un jurado simulado de estudiantes de los años setenta decidiendo sobre una hoja de papel, sin testigos, sin días de vista, sin deliberación en grupo. Los metaanálisis posteriores, como el de Mazzella y Feingold en 1994, encuentran que el peso del atractivo físico en veredictos y penas es en general pequeño y muy dependiente del tipo de delito. Es decir, más o menos lo que este estudio ya anticipaba.
Lo que aguanta no es el titular "la belleza condena", sino el matiz: la apariencia no empuja siempre en la misma dirección, y conviene sospechar de la propia intuición cuando el delito y la cara del acusado tienen algo que ver entre sí.
«El atractivo físico beneficia al acusado cuando no guarda relación con el delito y lo perjudica cuando parece haber sido la herramienta para cometerlo.»
Sigall & Ostrove (1975)
Antes de dar por hecho que alguien simpático o atractivo es inofensivo, pregúntate si ese mismo encanto podría explicar cómo hizo lo que se le atribuye. El sesgo de "buena cara, buena persona" no se apaga por conocer este estudio, pero saber que en algunos casos se invierte ayuda a notar cuándo estás juzgando por el aspecto en vez de por los hechos.