Harold Sigall y David Ostrove sospechaban que el efecto halo (la tendencia a atribuir más cualidades positivas a las personas atractivas) no era tan simple como "belleza igual a indulgencia". Diseñaron un experimento para comprobar si ese efecto podía revertirse según el tipo de delito, y en concreto según si el atractivo físico de la acusada tenía algo que ver con cómo había cometido el crimen.
El experimento: la misma acusada, dos delitos distintos
120 participantes recibieron una ficha con la descripción de un delito cometido por una mujer llamada Barbara Helms, junto con una fotografía suya atractiva, una fotografía poco favorecedora, o ninguna fotografía. El delito era, según el grupo, un robo con allanamiento (sin relación con su aspecto) o una estafa sentimental en la que se había ganado la confianza de una víctima para robarle dinero (un delito en el que la capacidad de resultar atractiva y de fiar era, literalmente, el arma del crimen).
En el robo, la acusada atractiva recibió una condena media de 2,80 años, frente a 5,20 años para la poco atractiva y 5,10 para el grupo sin fotografía: el patrón esperado del efecto halo, belleza como atenuante. En la estafa, el resultado se invirtió: la acusada atractiva recibió una condena media de 5,45 años, más dura que los 4,35 años asignados tanto a la acusada poco atractiva como al grupo sin fotografía. La misma belleza que aligeraba la condena por robo agravaba la condena por estafa.
El mecanismo: cuando el atractivo deja de ser un rasgo y pasa a ser un arma
Sigall y Ostrove explicaron el giro con un matiz al efecto halo clásico: los jurados no solo preguntan "¿es una buena persona?" sino, de forma más precisa, "¿es razonable pensar que usó este rasgo para cometer el delito?". Cuando el atractivo es irrelevante para el crimen (un robo se comete igual siendo guapo o no), la belleza actúa como prueba indirecta de buen carácter y suaviza el juicio. Cuando el crimen depende directamente de generar confianza o deseo en la víctima, el mismo atractivo deja de leerse como virtud y pasa a leerse como instrumento.
La implicación es incómoda para cualquier intuición simple sobre los sesgos de apariencia: no existe un efecto único y estable del atractivo físico en la justicia. Existe una interacción entre lo que la persona parece y lo que se le acusa de haber hecho con ello, y esa interacción puede convertir la misma cualidad en atenuante o en agravante según el caso.
«El atractivo físico no beneficia siempre al acusado: beneficia cuando es irrelevante para el delito y perjudica cuando parece haber sido la herramienta.»
Harold Sigall
Antes de asumir que la simpatía o el atractivo de alguien predicen su inocencia, pregúntate si esa misma cualidad podría explicar cómo se cometió lo que se le atribuye. El sesgo de "buena persona, buena cara" no desaparece por conocer este estudio, pero saber que se invierte en ciertos contextos ayuda a notar cuándo tu juicio está siendo arrastrado por el aspecto de alguien en vez de por los hechos.