En los juzgados se repetía una idea de sentido común. Si un testigo ha tenido un arma delante, el susto debería grabarle la escena a fuego, la cara de quien la empuñaba incluida. Elizabeth Loftus, Geoffrey Loftus y Jane Messo montaron un experimento para comprobarlo, y lo hicieron midiendo algo que casi nunca se mide: hacia dónde se iban exactamente los ojos de los testigos.
La intuición que se quería probar
La creencia de fondo es que el miedo afila la memoria. Un momento de peligro se recuerda mejor que una tarde cualquiera, y eso, hasta cierto punto, es verdad para el hecho central. La duda de los investigadores estaba en los bordes de la escena. Mientras el testigo clava la vista en la amenaza, ¿qué pasa con todo lo demás?
Para responder hacía falta separar dos cosas que en un atraco real van juntas: la presencia del arma y la presencia de un objeto cualquiera en las manos de un desconocido.
El mismo hombre, un cheque o una pistola
36 personas vieron una secuencia de 18 diapositivas que recreaban una escena en un restaurante de comida rápida. En un momento dado, un cliente se acercaba a la caja. Para la mitad de los testigos, le entregaba un cheque al cajero. Para la otra mitad, le apuntaba con una pistola. El resto de la escena era idéntico.
El rastreador ocular dejó claro adónde iba la atención. Los testigos hacían una media de 3,7 fijaciones sobre el arma, frente a 2,4 sobre el cheque, y cada una más larga. Luego se les pedía reconocer al hombre en una rueda fotográfica. Con el cheque, acertó el 39%. Con la pistola, el 11%. Un segundo experimento con 80 personas repitió el patrón: 35% frente a 15%.
La atención es un presupuesto y el arma se lo gasta
La explicación que dieron es lo que llamaron un efecto de fijación. Un objeto que no pinta nada en el contexto, una pistola en una cola de hamburguesas, captura la mirada de forma automática. Y como la atención no es infinita, lo que se va en el arma deja de repartirse por el resto de la escena. La cara del que dispara entra en ese "resto".
No es que el testigo mienta ni que exagere el trauma. Es que, sin decidirlo, tuvo los ojos en otra parte durante los segundos que habrían servido para memorizar el rostro.
Qué se ha matizado después
Son diapositivas vistas en un laboratorio, con poca activación emocional real comparada con un atraco. Un metaanálisis de Fawcett y su equipo en 2013, sobre decenas de estudios, confirma que el efecto existe pero es moderado, no arrasa con el recuerdo. Y hay debate sobre qué lo causa: si es la amenaza en sí o simplemente que el objeto resulta raro e inesperado. Cuando en la misma escena se pone algo igual de fuera de lugar pero inofensivo, como un palo de apio, aparece una caída parecida en el recuerdo de la cara.
La dirección, en cambio, se sostiene bien. Cuanto más llamativo y amenazante es el objeto del delito, menos fiable tiende a ser la identificación del agresor, que es justo lo que más necesita la investigación.
«El arma atrae y retiene la mirada del testigo a costa de otros detalles de la escena, entre ellos la cara de quien la sostiene.»
Loftus, Loftus & Messo (1987)
Si tienes que describir a alguien tras una situación con un objeto amenazante de por medio, cuenta con que tu recuerdo de la cara puede ser bastante peor de lo que sientes en el momento, por muy vívida que te parezca la escena. Y sirve como argumento para no dejar que un proceso judicial descanse solo en el reconocimiento visual de un testigo cuando había un arma presente.