En 1964, Kitty Genovese fue asesinada en Nueva York y la prensa de la época afirmó que treinta y ocho vecinos habían presenciado el ataque desde sus ventanas sin que ninguno llamara a la policía a tiempo. Esa cifra concreta resultó exagerada e inexacta en varios detalles, pero la pregunta que dejó abierta era real: ¿por qué la presencia de más testigos no aumenta la ayuda que recibe una víctima, sino que a veces la reduce? Dos psicólogos de la Universidad de Columbia, John Darley y Bibb Latané1, decidieron comprobarlo en laboratorio en lugar de discutirlo en la prensa.
01El ataque simulado que nadie más parecía escuchar
Darley y Latané colocaron a estudiantes en cabinas individuales, supuestamente para discutir por intercomunicador problemas personales de la vida universitaria, sin verse las caras. En algún momento de la conversación, uno de los participantes (en realidad, una grabación) simulaba sufrir un ataque, pidiendo ayuda entre balbuceos antes de quedar en silencio.
Cuando el participante real creía que era el único que podía escuchar el ataque, el 85% salió a buscar ayuda en menos de un minuto. Cuando creía que otras cuatro personas más escuchaban lo mismo, esa cifra cayó al 31%, y muchos tardaron varios minutos en reaccionar o no llegaron a hacerlo antes de que terminara el experimento.
02La difusión de la responsabilidad, no la indiferencia
El mecanismo que identificaron no fue la frialdad ni la falta de empatía: en las entrevistas posteriores, quienes no habían actuado mostraban signos físicos de angustia genuina, temblor en las manos, voz entrecortada al hablar del incidente. Lo que ocurría era un reparto silencioso de la responsabilidad2: si hay más gente que podría ayudar, la carga moral de actuar se percibe repartida entre todos, y por tanto menor para cada individuo en concreto.
A eso se suma un segundo mecanismo, la ignorancia pluralista3: cada testigo observa que nadie más reacciona de forma alarmada, y deduce, erróneamente, que la situación quizá no es tan grave como parece, cuando en realidad los demás están haciendo exactamente el mismo cálculo silencioso al mismo tiempo.
03Lo que sí rompe el patrón
Estudios posteriores identificaron una salida simple y muy replicada: cuando alguien en apuros señala directamente a una persona concreta entre la multitud ("usted, el de la camisa azul, llame a una ambulancia"), la difusión de responsabilidad desaparece casi por completo, porque deja de estar repartida entre todos y pasa a recaer, sin ambigüedad, sobre alguien en concreto.
El hallazgo cambió los protocolos de formación en primeros auxilios y seguridad en muchos países, precisamente porque contradice la intuición de que un espacio lleno de gente es más seguro que uno vacío. En una emergencia real, el número de testigos no es una garantía de ayuda: puede ser justo el obstáculo.
Si alguna vez necesitas ayuda en un lugar con mucha gente alrededor, no grites al aire pidiendo ayuda genérica. Señala a una persona concreta, con un rasgo identificable, y dale una instrucción directa. El experimento de Darley y Latané demuestra que ese simple gesto puede ser la diferencia entre que todos esperen a que actúe otro y que alguien actúe de verdad.

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.
Ver sus artículosReferencias
- Darley, J. M. y Latané, B. (1968). Bystander intervention in emergencies: Diffusion of responsibility. Journal of Personality and Social Psychology, 8(4), 377-383. doi.org/10.1037/h0025589
- Manning, R., Levine, M. y Collins, A. (2007). The Kitty Genovese murder and the social psychology of helping: The parable of the 38 witnesses. American Psychologist, 62(6), 555-562. doi.org/10.1037/0003-066X.62.6.555