El puente colgante del cañón Capilano, en Vancouver, cuelga a setenta metros sobre el río, se mueve con el viento y tiembla a cada paso. Cien metros más abajo hay otro puente, ancho, firme, a poca altura del suelo. En 1974, Donald Dutton y Arthur Aron1 pusieron a la misma mujer joven en el centro de los dos. Paraba a los hombres que cruzaban solos, les pedía que rellenaran un cuestionario y les daba su teléfono por si querían saber los resultados. Lo que medían de verdad era quién llamaba luego.
01Nueve de dieciocho frente a dos de dieciséis
De los hombres a los que abordó en el puente que se balancea, nueve de dieciocho la llamaron después. En el puente firme, con la misma mujer y el mismo guion, solo llamaron dos de dieciséis. Uno de los apartados del cuestionario pedía inventar una breve historia a partir de un dibujo. Las historias de los hombres del puente alto tenían más contenido sexual y romántico que las de los del puente bajo. No era una impresión que ellos reportaran, era algo que se veía en lo que escribían y en si descolgaban el teléfono.
Dutton y Aron montaron controles para cerrar puertas. Cuando quien esperaba en el puente era un hombre, la diferencia se esfumaba: dos de veintitrés llamaron desde el puente alto, uno de veintidós desde el bajo. En un tercer experimento, ya en el laboratorio, dijeron a unos estudiantes que iban a recibir una descarga eléctrica dolorosa y a otros que sería apenas un cosquilleo. Los que esperaban la descarga fuerte puntuaron como más atractiva a una compañera que en realidad era parte del montaje. La activación venía de otro sitio, pero acababa sobre ella.
02Cómo se cuela el miedo en el deseo
La explicación que propusieron se llama atribución errónea de la activación2. El cuerpo entra en estado de alerta, con el pulso alto y adrenalina en circulación, y la mente necesita ponerle una etiqueta. Si no hay una a mano que lo explique bien ("estoy así porque el puente se mueve"), coge la más disponible del entorno. Y si en el entorno hay una persona atractiva, esa activación se lee como atracción. El estado corporal no crea el interés de la nada, pero lo infla y puede encenderlo donde en frío no habría pasado nada.
El mecanismo va en las dos direcciones. Explica por qué una primera cita en una situación que pone el cuerpo en marcha, una atracción de feria, una peli de miedo, una caminata dura, deja mejor recuerdo que una cena tranquila. Y explica también un patrón menos agradable: la tensión de una discusión fuerte se puede confundir con pasión, y algunas parejas se quedan enganchadas al conflicto porque es lo único que les sube el pulso.
Se obtuvo cierta evidencia de una mayor atracción sexual bajo condiciones de ansiedad elevada.
Dutton & Aron (1974)
03Lo que no ha aguantado igual de bien
El estudio del puente lleva cincuenta años en los manuales, y también cincuenta años recibiendo objeciones. La primera es de sentido común: los dos puentes no atraen al mismo tipo de persona. Quien cruza solo una pasarela que da pánico, muchas veces de turismo y de buen humor, no es una muestra comparable a quien pasea por un puente seguro. Los propios autores lo vieron venir y por eso añadieron los controles, pero el diseño de campo nunca se quita del todo esa sombra.
La segunda es que en el laboratorio, con condiciones más limpias, el efecto aparece más pequeño y no siempre. Hay quien propone una lectura alternativa: no es que confundas el miedo con el deseo, es el alivio de dejar atrás algo desagradable justo al lado de alguien atractivo lo que suma puntos. La idea general de que una activación puede desbordarse de una emoción a otra sí tiene apoyo sólido en estudios controlados. La versión romántica de titular, "el peligro compartido enamora", es más frágil y depende mucho del contexto.
Como truco para ligar, el efecto es modesto y poco fiable, así que no cuentes con la montaña rusa. Donde sí sirve saberlo es al revés: cuando notes una intensidad muy fuerte con alguien en pleno viaje, crisis o reconciliación después de una bronca, deja pasar unos días y vuelve a mirarlo en calma. Parte de lo que sentías podía ser del momento, no de la persona.

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.
Ver sus artículosReferencias
- Dutton y Aron (1974), Journal of Personality and Social Psychology doi.org/10.1037/h0037031