En 1987, Cindy Hazan y Phillip Shaver metieron un cuestionario sobre el amor en las páginas de un periódico de Denver. La idea que querían probar sonaba a atajo demasiado fácil: que la manera en que un adulto se acerca, discute y se separa de su pareja repite el vínculo que formó de niño con quien lo cuidaba. No como una condena, sino como el ajuste que viene de fábrica y que solo cambia si algo lo obliga.
Un test del amor en la sección de local
Hazan y Shaver redactaron tres párrafos. Cada uno describía una forma de vivir las relaciones. El primero hablaba de acercarse a los demás sin agobio y confiar en que estarán ahí. El segundo, de querer una cercanía que la otra persona nunca parece dar del todo, con miedo constante a que se vaya. El tercero, de sentirse incómodo con la intimidad y preferir no depender de nadie. El Rocky Mountain News lo publicó y pidió a los lectores que dijeran cuál los describía y respondieran unas preguntas sobre su relación más importante y sobre cómo recordaban a sus padres.
Analizaron unas seiscientas veinte respuestas. El 56% se reconoció en el primer párrafo, el seguro. El 25% eligió el tercero, el evitativo. El 19% se vio en el segundo, el ansioso. Es casi el mismo reparto que Mary Ainsworth había encontrado años antes observando a bebés de un año con sus madres en el laboratorio. Y los tres grupos contaban su vida amorosa de forma coherente con la etiqueta: los seguros, relaciones más largas y con más confianza; los ansiosos, historias intensas y a la vez inestables, con celos y altibajos; los evitativos, más miedo a la cercanía y más facilidad para desengancharse cuando la cosa se pone seria. Un segundo estudio con un centenar de universitarios repitió el patrón.
Modelos que se montan antes de saber hablar
La teoría de fondo es de John Bowlby. Según cómo responde el adulto que cuida a un niño cuando este llora, tiene miedo o busca contacto, el niño se va formando lo que Bowlby llamó modelos internos: una idea de sí mismo (¿merezco que me quieran?), una idea de los demás (¿acuden cuando los necesito?) y una idea de la cercanía (¿es un sitio seguro o es un riesgo?). No son opiniones que uno pueda repasar y corregir. Funcionan por debajo, filtrando lo que se percibe y disparando la reacción antes de que el razonamiento llegue.
Ese aprendizaje tiende a pasar de una generación a la siguiente. El metaanálisis de Marinus van IJzendoorn en 1995 encontró una correspondencia alta entre cómo habla una madre de su propia infancia en una entrevista y el tipo de apego que muestra su bebé. No es genética. Es transmisión de un estilo de trato, y por eso se puede interrumpir. Una pareja segura, una terapia centrada en el apego o simplemente años de una relación distinta reorganizan en parte esos modelos.
Tres cajones para algo que no viene en cajones
El cuestionario de los tres párrafos fue un buen punto de partida y una herramienta tosca. Obliga a elegir una de tres descripciones cuando casi nadie encaja limpio en una sola. La investigación posterior, sobre todo la de Kim Bartholomew y la de Kelly Brennan, dejó de hablar de tipos y pasó a medir dos variables continuas: cuánta ansiedad te genera el abandono y cuánto evitas la intimidad. Cada persona es un punto en ese plano, no una casilla.
Hay más asteriscos. Lo que uno recuerda de su infancia a los treinta años es un relato reconstruido, y su relación con lo que de verdad pasó es floja. La estabilidad tampoco es de por vida: alrededor de siete de cada diez personas mantienen su categoría a lo largo de los años, pero el resto cambia, muchas veces después de una relación importante o de una pérdida. Y el estilo no es un único ajuste que llevas a todas partes, cambia algo según con quién estés. En la divulgación de los últimos años, "estilo de apego" se ha estirado para explicarlo todo, y eso es más de lo que el concepto aguanta.
«El amor romántico se conceptualiza aquí como un proceso de apego, el mismo proceso biosocial que forma el vínculo entre el niño y quien lo cuida.»
Hazan & Shaver (1987)
Saber hacia qué lado tiras sirve como aviso, no como diagnóstico. Si tiendes a evitar, fíjate en el momento exacto en que te entran ganas de poner distancia, que suele ser justo cuando la relación se vuelve más íntima. Si tiendes a la ansiedad, fíjate en cuándo la necesidad de que te tranquilicen convierte una conversación normal en una pelea. Ver el patrón mientras ocurre es lo que abre la puerta a responder de otra manera. La etiqueta en sí no arregla nada.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es el estilo de apego y cómo se forma?
El patrón de relacionarse emocionalmente, que se desarrolla en la infancia según la disponibilidad del cuidador. Hay cuatro estilos: seguro, ansioso, evitativo y desorganizado.
¿Se puede cambiar un estilo de apego inseguro?
Sí. El apego no es destino. Relaciones seguras con parejas, amigos o terapeutas pueden crear experiencias correctoras que reconfiguran los patrones.
¿Cómo afecta el apego ansioso a las relaciones de pareja?
Genera hipervigilancia a señales de rechazo, necesidad de reaseguramiento constante y mayor reactividad emocional en conflictos.
¿Cómo afecta el apego evitativo a las relaciones?
Lleva a minimizar la necesidad de intimidad, distanciarse en momentos de estrés y dificultad para pedir ayuda. A menudo interpretado como frialdad por la pareja.