En 1976, en una residencia de ancianos de Connecticut, Ellen Langer y Judith Rodin repartieron plantas de interior entre los residentes de dos plantas del edificio. A los de un piso les dijeron que la planta era suya, que eligieran dónde ponerla y que la regaran ellos. A los del otro les dieron la misma planta y les explicaron que el personal se encargaría de cuidarla. Año y medio después volvieron a mirar quién seguía vivo en cada piso.
Dos plantas del mismo edificio, dos discursos distintos
El edificio era Arden House y participaron casi cien residentes, repartidos por piso. El administrador dio a cada grupo una charla breve. A los de un piso les insistió en todo lo que su vida todavía tenía de decidible: los muebles, cómo repartir el tiempo, las visitas, qué noche bajar a ver la película, y les ofreció escoger una planta y ocuparse de ella. A los del otro piso les dio una charla igual de amable, pero el mensaje era que el personal estaba allí para resolverles las cosas, y la planta venía con la enfermera que la regaría. Mismo edificio, misma comida, misma atención médica, misma planta. La única diferencia real era quién mandaba sobre lo pequeño.
Tres semanas después de los discursos, los del piso con autonomía se movían más, hablaban más con otros residentes y participaban más en las actividades comunes. El personal de enfermería, que los valoraba sin saber la hipótesis, apreció mejoría en la mayor parte de ese grupo y un deterioro medio en el otro. Cuando el edificio organizó un concurso para adivinar cuántas gominolas había en un frasco, se apuntaron muchos más residentes del piso con autonomía.
La parte que inquietó al equipo llegó en un seguimiento publicado en 1977. Año y medio después de la intervención, habían muerto 7 de los 47 residentes del piso con autonomía, un 15%. En el otro piso habían muerto 13 de 44, un 30%. El doble. Una diferencia de esa magnitud a partir de un cambio tan pequeño no era lo que nadie esperaba encontrar.
Por qué mandar sobre una regadera cambia algo
La percepción de control amortigua el estrés. Cuando lees una situación como "aquí no hay nada que yo pueda hacer", el cuerpo pone en marcha una respuesta que no se apaga sola: el eje que conecta hipotálamo, hipófisis y glándulas suprarrenales suelta cortisol de forma sostenida, y meses de eso desgastan el sistema inmune y la memoria del hipocampo. Cuando la lees como "algo puedo mover", aunque sea poco, esa misma respuesta es más corta y menos honda.
El reverso tiene nombre y autor. Martin Seligman lo llamó indefensión aprendida: animales, y luego personas, que dejan de intentarlo en cuanto han aprendido que lo que hacen no cambia nada. Una residencia que te lo da todo hecho es, sin pretenderlo, una máquina de enseñar esa lección.
La apuesta de Langer, que repitió durante décadas, es que ese control no tiene que recaer sobre nada importante. Elegir qué planta regar y dónde ponerla manda la misma señal que una decisión mayor, y el cuerpo no parece puntuarla por relevancia. En un estudio de 2007 con 84 limpiadoras de hotel, a la mitad les explicaron que su trabajo diario ya cubría de sobra el ejercicio que recomienda un médico. Cuatro semanas más tarde, ese grupo había bajado peso, tensión y grasa corporal sin cambiar lo que hacía. El mismo trabajo, leído de otra manera.
Lo que el estudio no aguanta y lo que sí
Los reparos son serios. Fueron unos noventa participantes, agrupados por piso y no uno a uno, así que cualquier peculiaridad de una planta del edificio viaja pegada al resultado. La mortalidad es una variable rara de medir en un experimento de psicología de ese tamaño, y el artículo nunca detalla la cadena biológica que llevaría de una maceta a una tasa de defunciones.
James Coyne, que lleva años revisando este tipo de trabajos, lo dice sin rodeos: muchos clásicos de la psicología social de los setenta se montaron para enseñar una idea de la forma más vistosa posible, no para superar el escrutinio que aplicaríamos hoy. El estudio de la planta, sostiene, es uno de ellos. El de las limpiadoras también es pequeño y sus réplicas son irregulares.
Lo que se mantiene fuera de este experimento concreto es la línea de estudios largos sobre control y salud. Los seguimientos de funcionarios británicos, entre otros, encuentran una y otra vez que quienes tienen poco margen de decisión sobre su jornada enferman más y mueren antes que quienes tienen más, a igual sueldo. Y la lección práctica se adoptó igualmente: residencias, hospitales y oficinas montan hoy pequeñas decisiones a propósito, porque ofrecerlas cuesta poco y el inconveniente no aparece por ningún lado.
«Se puede animar a las personas mayores a tomar decisiones y a responsabilizarse de algo, con efectos beneficiosos sobre su estado de alerta, su actividad y su sensación de bienestar general.»
Langer & Rodin (1976)
Cuando una situación te venga grande y no puedas con el conjunto, baja el foco hasta dar con la parte más pequeña sobre la que sí decides tú, y hazla. No porque vaya a resolver lo importante, que casi nunca lo hace, sino porque tener una jugada disponible acorta la respuesta de estrés que dispara sentirse sin ninguna. Y si te toca organizar el día de otra persona que depende de ti, alguien mayor o enfermo a tu cargo, deja decisiones sobre la mesa aunque sea más rápido tomarlas tú.
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Ellen Langer, autora del experimento de la planta citado en el artículo, explica por qué la ilusión de control (bien entendida) es una de las variables que más protege la salud a largo plazo.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la ilusión de control en psicología?
La tendencia a creer que podemos influir en resultados que dependen del azar. Documentada por Ellen Langer (1975).
¿Es siempre mala la ilusión de control?
No. Cierta ilusión de control es psicológicamente protectora: se asocia a mayor resiliencia, menor depresión y mejor rendimiento bajo presión.
¿Cuándo la ilusión de control se vuelve perjudicial?
Cuando lleva a tomar riesgos excesivos (jugadores en casinos) o a culparse por resultados inevitables (enfermedades).
¿Qué es el locus de control interno y externo?
El interno implica creer que los resultados dependen de tus acciones; el externo, del azar. El interno se asocia a mayor bienestar y rendimiento.