Un cirujano con prestigio de sobra opera gratis los fines de semana. Un escalador se juega la vida en una pared de hielo sin premio, sin público y sin foto. Mihaly Csikszentmihalyi se pasó años preguntando a gente así qué buscaban, y todos describían lo mismo con palabras casi calcadas: un rato en el que la tarea los absorbía tanto que desaparecían el reloj y ellos mismos. Lo llamó flujo, y quiso medir cuándo aparece en un día cualquiera.
Un buscapersonas que sonaba a horas aleatorias
Las entrevistas daban una imagen pero no un recuento. Csikszentmihalyi montó el método de muestreo de experiencias: repartía buscapersonas que pitaban a horas al azar durante una semana, y al pitido el participante anotaba qué hacía, cómo se sentía, cuánto se concentraba y cómo de difícil le resultaba lo que tenía entre manos frente a lo bueno que era haciéndolo.
En 1989, con Judith LeFevre, aplicó esto a 78 trabajadores de empresas de la zona de Chicago durante una semana, unas 4.800 respuestas. Definieron el flujo de forma operativa: los momentos en que la persona valoraba el reto y su propia destreza por encima de su media de esa semana. En esos momentos la gente decía estar más concentrada, más creativa, de mejor humor y más satisfecha, diera igual si estaba en la oficina o en el sofá.
El giro llegó al cruzar dos preguntas. Los participantes entraban en flujo mucho más en el trabajo, algo más de la mitad del tiempo laboral, que en el ocio, menos de una quinta parte. Y aun así, estando en flujo en el trabajo, muchos seguían diciendo que preferirían estar haciendo otra cosa. La motivación tiraba hacia el ocio aunque la experiencia fuera peor allí. Csikszentmihalyi lo llamó la paradoja del trabajo.
El canal entre el aburrimiento y la angustia
El modelo que salió de ahí es un mapa con dos ejes, reto y habilidad. Si lo que haces está muy por debajo de lo que sabes hacer, te aburres o te desenganchas. Si te desborda, aparece la ansiedad. El flujo vive en la franja estrecha donde un reto que te obliga a estirarte se encuentra con una destreza que casi da la talla. Por eso el mismo videojuego que te enganchaba a los doce años te aburre a los treinta: la habilidad subió y el reto se quedó fijo.
Sobre lo que pasa en el cerebro hay una hipótesis, la de la hipofrontalidad transitoria, propuesta por Arne Dietrich. La idea es que durante el flujo baja la actividad de la corteza prefrontal, sobre todo la parte medial, la que se encarga de vigilarte, evaluarte y hablarte por dentro. Si esa voz se apaga un rato, encajan de golpe dos rarezas del flujo: que se esfume la autoconciencia y que la ejecución salga más suelta justo cuando dejas de supervisarla. A la vez se encienden los circuitos de recompensa con dopamina, y el cerebro archiva la experiencia como algo que merece repetirse.
Lo que el flujo no es
Casi todo lo que sabemos del flujo viene de que la gente lo cuente, en cuestionarios que se rellenan después y que los propios investigadores del campo han criticado por poco finos. El mapa de reto y habilidad funciona como intuición, pero cuando se manipula en el laboratorio los resultados van en varias direcciones, y a veces pesa más tener mucha habilidad, o mucho reto, que el equilibrio entre ambos.
La hipofrontalidad tiene algún apoyo en neuroimagen, con caídas de actividad en la corteza prefrontal medial, pero meter a alguien en flujo dentro de un escáner es difícil y las muestras son pequeñas. Un metaanálisis reciente encuentra que la relación entre estar en flujo y rendir mejor existe, aunque es modesta, lejos de la que sugiere el entusiasmo divulgativo.
Y la paradoja del trabajo desactiva el consejo fácil de "organiza tu vida alrededor del flujo". Aquellos trabajadores entraban en flujo sobre todo trabajando y aun así querían estar en otro sitio. El estado se siente bien mientras dura y no garantiza que quieras más de él.
«La felicidad no es algo que ocurre. No resulta de la buena fortuna ni del azar. No se puede comprar con dinero ni imponer con poder. Depende de cómo interpretamos las experiencias cotidianas.»
Mihaly Csikszentmihalyi, «Flow» (1990)
Para tener más papeletas de entrar en flujo puedes preparar el terreno: fija antes de empezar un objetivo concreto para el rato (no "avanzar el informe", sino "dejar cerrado el apartado tal"), quítate de encima las interrupciones durante un bloque largo, y elige una tarea que te quede un punto por encima de lo que ya dominas. Lo que no puedes es invocarlo a voluntad ni contar con que aparezca cada vez. Y si llega mientras trabajas, no te extrañe que una parte de ti siga queriendo estar en la calle.
Si quieres profundizar en esto
La neurociencia de la hipofrontalidad transitoria que explica la desaparición del yo durante el flujo está desarrollada en detalle en el libro original de Csikszentmihalyi.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué en el estado de flujo desaparece la autoconciencia?
La corteza prefrontal medial (procesamiento del yo) se desactiva durante el flujo. Sin "yo" monitorizando, la ejecución es más fluida y el disfrute más intenso.
¿El estado de flujo es lo mismo que la meditación?
Comparten la desactivación del yo y la presencia en el momento, pero difieren en activación: el flujo implica alta activación cognitiva; la meditación, reducción de activación.
¿Se puede inducir el estado de flujo deliberadamente?
Parcialmente. Las condiciones (objetivos claros, reto calibrado, sin interrupciones) aumentan la probabilidad. Pero el flujo no puede forzarse directamente.
¿Por qué el flujo produce tanta satisfacción si no hay placer consciente durante él?
El placer se experimenta en la retrospección. Durante el flujo no hay yo que sienta placer. Al salir, el contraste produce satisfacción profunda.