Tratamos la soledad como un asunto privado, algo que se lleva por dentro y se resuelve con voluntad. En 2010, Julianne Holt-Lunstad1 y su equipo juntaron 148 estudios de seguimiento, con 308.849 personas observadas durante una media de siete años y medio, y pusieron un número encima: quien tiene lazos sociales sólidos vive más, y la diferencia es del mismo orden que la de dejar de fumar. La comparación se hizo famosa por incómoda.
01Ciento cuarenta y ocho estudios apuntando al mismo sitio
El resultado central del metaanálisis: las personas con relaciones sociales fuertes tenían un 50% más de probabilidad de seguir vivas al final del periodo de seguimiento que las que estaban peor conectadas. Puesto en la escala de la salud pública, ese efecto se sitúa a la altura de los factores de riesgo clásicos. Holt-Lunstad lo resumió con una imagen que se ha repetido mil veces: estar poco conectado socialmente pesa sobre la mortalidad más o menos como fumar quince cigarrillos al día, y más que la obesidad o el sedentarismo.
El trabajo separaba tres cosas que solemos mezclar. El aislamiento medible, es decir, tener pocos contactos. Vivir solo. Y la soledad sentida, que es notarse desconectado aunque haya gente alrededor. Las tres predecían mortalidad por su cuenta. La lectura que se ha impuesto después es que el número de personas en tu agenda importa menos que si alguna de esas relaciones te hace sentir entendido y parte de algo.
02Qué le hace la soledad al cuerpo
John Cacioppo dedicó su carrera a la biología de la soledad. Documentó que el aislamiento mantiene encendido el sistema de vigilancia del cerebro, el que busca amenazas. Las personas que se sienten solas de forma crónica presentan más cortisol de base, más inflamación, peor sueño y cambios en la actividad de los genes de las células inmunitarias. En términos evolutivos tiene lógica cruda: un humano suelto, lejos del grupo, era un humano en peligro, y el organismo se prepara para ello.
Lo peor es que el circuito se alimenta solo. La vigilancia hace que uno interprete las interacciones sociales como más hostiles de lo que son, eso empuja a retirarse, y la retirada aumenta el aislamiento, que sube todavía más la vigilancia. Cacioppo llamó a esto el bucle de la soledad2. Por eso sostenía que la intervención más útil no es empujar a la persona a ver más gente, sino trabajar la manera en que lee esos encuentros.
La influencia de las relaciones sociales sobre el riesgo de mortalidad es comparable a la de factores de riesgo bien establecidos.
Holt-Lunstad, Smith & Layton (2010)
03Por qué la cifra hay que leerla con cuidado
Estos 148 estudios son observacionales, y ahí siempre acecha la causa invertida3. Quien ya está enfermo o frágil se relaciona menos, así que parte del vínculo entre soledad y muerte podría ir en la otra dirección: es la mala salud la que aísla. El metaanálisis intentó cubrirse ajustando por el estado de salud inicial, y el efecto seguía ahí, pero con datos de este tipo la puerta no se cierra del todo.
La comparación con los quince cigarrillos es un recurso de divulgación, no una equivalencia de laboratorio. Y el tamaño del efecto baila mucho según cómo se mida la vida social: los índices que combinan varias señales de integración social dan efectos grandes, mientras que preguntar solo "¿vive usted solo?" da bastante menos. Añade a esto que los programas para reducir la soledad han obtenido hasta ahora resultados modestos y desiguales. Saber que la soledad mata no ha venido acompañado de una palanca fácil para quitarla.
Vale más una conversación en la que te sientes escuchado que diez saludos de compromiso. Piensa en una relación tuya donde la conexión es real pero se ha ido espaciando sin que nadie lo decidiera, por pura inercia de agenda, y haz algo concreto esta semana para retomarla: una llamada larga, un plan con fecha. No un mensaje de "a ver si nos vemos".

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.
Ver sus artículosReferencias
- Holt-Lunstad, Smith y Layton (2010), PLOS Medicine doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316
- Cacioppo, J. T. y Hawkley, L. C. (2009). Perceived social isolation and cognition. Trends in Cognitive Sciences, 13(10), 447-454. doi.org/10.1016/j.tics.2009.06.005