En 2000, Thomas Gilovich, Victoria Medvec y Kenneth Savitsky pidieron a estudiantes de la Universidad de Cornell que se pusieran una camiseta con la cara de un cantante elegida deliberadamente por resultar poco favorecedora ante los ojos de esa generación, y entraran así a un aula llena de compañeros. Antes de entrar, cada participante debía estimar qué porcentaje de los presentes se fijaría en la camiseta. Después, se preguntó a los propios compañeros presentes si de verdad se habían fijado.
Creían que los miraba la mitad de la sala. Los miró una cuarta parte
Los participantes con la camiseta bochornosa estimaron, de media, que un 50% de los presentes en la sala se habría fijado en ella. El porcentaje real de compañeros que recordaba haberla visto rondaba el 25%, la mitad de la estimación. El patrón se repitió de forma consistente en distintas variantes del experimento, con camisetas de distinto tipo y en distintos contextos sociales.
Los investigadores llamaron a esta sobreestimación sistemática el efecto foco: la tendencia a creer que los demás nos observan y evalúan mucho más de lo que en realidad lo hacen, porque cada persona ocupa el centro absoluto de su propia experiencia consciente y proyecta esa misma centralidad, erróneamente, sobre la experiencia de quienes le rodean.
El mismo sesgo también funciona al revés, con los propios logros
El efecto foco no se limita a los momentos incómodos: también aparece cuando alguien cree que un logro propio o una buena intervención en una reunión han sido mucho más notados por los demás de lo que realmente fueron. En ambos casos, la sobreestimación viene del mismo lugar: la propia experiencia interna se siente tan intensa que resulta difícil creer que apenas ha dejado huella en la atención ajena.
Estudios de seguimiento demostraron que el efecto se atenúa, aunque no desaparece del todo, cuando se recuerda explícitamente a los participantes cuánta atención prestan ellos mismos, de forma habitual, a los detalles de la apariencia o el comportamiento de otras personas: casi siempre, la respuesta honesta es "muy poca".
Por qué esto debería aliviar más de lo que parece a primera vista
La implicación práctica más directa del hallazgo es también la más liberadora: la mayoría de los momentos que una persona recuerda con vergüenza durante años, un tropiezo, una frase torpe, probablemente pasaron desapercibidos, o se olvidaron en minutos, para la inmensa mayoría de quienes estaban presentes, ocupados en su propia versión del mismo sesgo respecto a sí mismos.
Esto no significa que la conducta social no tenga consecuencias reales, sino que el tamaño del escrutinio ajeno que cada persona imagina suele estar sistemáticamente inflado respecto al que de verdad recibe. Saber esto no elimina la incomodidad social en el momento, pero cambia el peso que tiene después, cuando el recuerdo se repite en la cabeza mucho más veces de las que ocurrió en la realidad ajena.
La próxima vez que repases mentalmente un momento incómodo de hace días o semanas, convencido de que "todo el mundo se dio cuenta", recuerda el dato de Gilovich: probablemente se fijó bastante menos gente de la que crees, y quienes lo hicieron seguramente ya lo han olvidado, ocupados en su propia versión del mismo sesgo sobre sí mismos.
Si quieres profundizar en esto
Gilbert explica, en la misma línea que el efecto foco de Gilovich, por qué somos tan malos calculando cómo nos ven y cómo nos sentiremos, con implicaciones que van mucho más allá de la vergüenza social ocasional.
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