Melanie Rudd, Kathleen Vohs y Jennifer Aaker querían saber si una emoción concreta, el asombro, cambia algo tan básico como la sensación de cuánto tiempo tenemos disponible. Lo pusieron a prueba en tres experimentos distintos, cambiando cada vez el estímulo que provocaba asombro: anuncios, recuerdos escritos y, en el más revelador de los tres, un relato ambientado en lo alto de la Torre Eiffel.
Tres formas de sentir asombro, un mismo resultado
En el primer experimento, 63 estudiantes vieron uno de dos anuncios de un minuto: uno mostraba imágenes que suelen provocar asombro (cascadas, ballenas, el espacio exterior), el otro mostraba a gente feliz en un desfile con confeti. Quienes vieron el anuncio asombroso estuvieron más de acuerdo con frases como "tengo mucho tiempo para hacer las cosas que quiero hacer". En el segundo, 86 estudiantes escribieron sobre un recuerdo personal de asombro o de felicidad: quienes escribieron sobre asombro se declararon después menos impacientes y más dispuestos a ofrecer su tiempo como voluntarios, aunque no a donar más dinero.
El tercer experimento fue el que conectó el hallazgo directamente con los viajes: los participantes leían una de dos historias sobre subir a una torre. Una describía la subida a la Torre Eiffel y la vista de París desde arriba, diseñada para provocar asombro; la otra describía una torre sin nombre con un paisaje genérico, sin ese componente. Después, elegían entre regalos materiales o experienciales (un reloj o una entrada de teatro, una calculadora o un masaje). El grupo de la Torre Eiffel no solo declaró sentir más tiempo disponible: también prefirió las experiencias sobre los objetos con más frecuencia que el grupo de la torre neutra.
El mecanismo: el asombro te ancla al presente
Rudd, Vohs y Aaker explican el efecto por la forma en que el asombro reorganiza la atención. Ante algo que desborda lo habitual (una vista panorámica, una escala que no encaja con lo cotidiano) el foco se desplaza del pasado y del futuro hacia el momento presente, y ese presente se experimenta con mayor amplitud e intensidad. Sus análisis de mediación confirmaron que el cambio en la percepción del tiempo era, precisamente, lo que explicaba tanto la menor impaciencia como la mayor disposición a ceder tiempo a otros.
Esto ayuda a entender por qué el recuerdo de pararse frente a algo enorme durante un viaje (una vista, una catedral, un cañón) suele durar más que la simple satisfacción estética del momento: durante unos minutos alteró la forma en que el propio cerebro contaba el tiempo disponible, con efectos medibles en paciencia y generosidad que se mantuvieron después de que la vista hubiera desaparecido.
«El asombro expande la percepción del tiempo, y esa expansión es lo que te hace más paciente y más generoso.»
Melanie Rudd
Al planificar un viaje, incluye deliberadamente al menos un momento diseñado para provocar asombro: un mirador, una vista abierta, algo a una escala que no ves en tu día a día. Según este estudio, ese momento cambia durante un rato cómo sientes el tiempo que tienes, con efectos que se notan incluso después de bajar de la torre.