El asombro no añade horas al día. Lo que hace es cambiar cuántas te parece que tienes. En 2012, Melanie Rudd, Kathleen Vohs y Jennifer Aaker publicaron en Psychological Science tres experimentos con una idea incómoda de fondo: que la emoción que sientes al mirar algo que desborda tu escala habitual altera la sensación de disponer de tiempo, y que esa sensación arrastra consigo la paciencia y la generosidad.
Un anuncio, un recuerdo y una torre
En el primer experimento, 63 estudiantes vieron uno de dos anuncios de sesenta segundos. Uno mostraba cascadas, ballenas y el espacio exterior. El otro, a gente feliz cruzándose con un desfile que lanzaba confeti. Quienes vieron el de las ballenas se mostraron después más de acuerdo con frases como "tengo tiempo de sobra para hacer lo que quiero".
El segundo experimento cambió el estímulo por un ejercicio de escritura: recordar por escrito un momento de asombro o un momento de felicidad. Los del grupo de asombro se declararon luego menos impacientes y más dispuestos a ceder su tiempo como voluntarios. No a dar más dinero. Ese matiz es el que sostiene la tesis del estudio: el asombro te hace sentir rico en horas, no en euros.
El tercero es el que toca de lleno el terreno del viaje. Los participantes leían uno de dos relatos sobre subir a una torre. Uno describía la subida a la Torre Eiffel y la vista de París desde arriba. El otro, una torre sin nombre sobre un paisaje cualquiera. Después elegían entre pares de regalos, uno material y otro experiencial: un reloj o una entrada de teatro, una calculadora o un masaje. El grupo de la Torre Eiffel dijo sentir más tiempo por delante, eligió experiencias con más frecuencia y puntuó más alto en satisfacción con su vida.
Por qué el asombro te ancla al presente
La explicación que dan los autores tiene que ver con la atención. Ante algo que no encaja con lo cotidiano, el foco se va del pasado y del futuro al momento presente, y ese presente se vive más ancho y más intenso. Los análisis de mediación apuntaron a que el cambio en la percepción del tiempo era lo que explicaba tanto la menor impaciencia como las ganas de ayudar a otros.
Sirve para entender por qué pararse ante un cañón o dentro de una catedral se recuerda más que la foto que se hizo allí. Durante unos minutos, el cerebro contó el tiempo de otra manera, y el efecto sobre la paciencia y la generosidad siguió ahí un rato después de que la vista desapareciera.
Lo que el estudio no demuestra
Los tres experimentos se hicieron con estudiantes universitarios, y el más relevante para los viajes, el de la torre, no usa una torre real: es un texto, y buena parte del efecto pasa por la imaginación de quien lo lee. Medir "cuánto tiempo sientes que tienes" es preguntarlo en una escala, no cronometrar nada.
El asombro, además, es un cajón ancho. Una montaña, una cifra astronómica, un nacimiento y una pieza de música disparan cosas parecidas pero no idénticas, y no todas mueven la conducta igual. El efecto se ha reproducido con estímulos distintos, casi siempre en laboratorio y con medidas de autoinforme. Cuánto dura fuera de allí, y cuánto aguanta un mal día, es más difícil de afirmar.
«Las experiencias de asombro traen a la persona al momento presente, y estar en el presente es lo que da al asombro su capacidad de ajustar la percepción del tiempo, influir en las decisiones y hacer que la vida resulte más satisfactoria.»
Rudd, Vohs & Aaker (2012)
Al montar un viaje, reserva un hueco para algo a una escala que no ves en tu barrio: un mirador amplio, una cima, una sala enorme, un cielo sin farolas. Según estos datos, ese rato cambia un poco cómo sientes el tiempo que tienes, y el efecto dura algo más que la vista. No es una técnica de productividad. Es casi lo contrario: funciona porque te saca del reloj un momento.