Las vacaciones funcionan. El problema es lo poco que tardan en dejar de funcionar. En 2010, Jessica de Bloom y su equipo publicaron un seguimiento de siete semanas a 96 trabajadores holandeses alrededor de un viaje de deportes de invierno. No querían comprobar si descansar sienta bien, eso ya se sabía. Querían medir cuánto dura ese bien una vez se ficha otra vez en la oficina.
Siete semanas, seis medidas
A los 96 participantes se les preguntó por su estado dos semanas antes de salir, durante el viaje, y una, dos y cuatro semanas después de volver. Seis indicadores en cada punto: estado de salud, ánimo, fatiga, tensión, energía y satisfacción. El viaje medio duró nueve días, con un rango de siete a diecinueve, y la mayoría fue a los Alpes austríacos.
Durante las vacaciones mejoraron cinco de los seis indicadores: salud general, ánimo, tensión, energía y satisfacción con la vida. La fatiga fue la única que no se movió de forma clara. Nada de esto era marginal, la gente volvía objetivamente mejor de como se había ido.
La caída, y lo rápida que fue
Al comparar la primera semana de vuelta al trabajo con las dos semanas previas al viaje, la mejora se había esfumado en casi todos los indicadores. No se fue erosionando a lo largo del mes siguiente. Se fue en los primeros días de reincorporación, mucho antes de lo que asume quien planea "recargar pilas" con un único viaje largo en verano.
La explicación de fondo es que buena parte de la mejora no venía de lo que se hacía en la nieve, sino del contraste con lo que se dejaba atrás: los correos, los horarios, los plazos. Al volver a ese entorno, el entorno reinstala en cuestión de días la carga que las vacaciones habían dejado en pausa. El bienestar no se pierde solo, se pierde porque desaparece lo que lo sostenía.
A quién le duró y a quién no
El promedio esconde bastante variación. Un 60% de la muestra tuvo una mejora sustancial durante y después del viaje. Un 23% no notó nada. Y un 17% salió peor de como entró, con vacaciones que sumaron estrés en vez de restarlo.
El estudio no dice que las vacaciones no sirvan. Dice que sirven como un reinicio, no como una despensa que se llena una vez al año y da de comer doce meses. Trabajo posterior del mismo grupo con viajes más cortos encontró el mismo patrón: la duración influye poco en la velocidad a la que el efecto se diluye al volver.
«La salud y el bienestar mejoran durante las vacaciones, pero estos efectos positivos se desvanecen durante la primera semana de vuelta al trabajo.»
de Bloom et al. (2010)
Si la duración apenas cambia la velocidad a la que se diluye el efecto, repartir el descanso en varias escapadas cortas a lo largo del año rinde más que concentrarlo todo en un viaje largo anual. Cada corte, aunque sea de cuatro días, vuelve a crear el contraste que produce la mejora. Y proteger la primera semana de vuelta, con agenda ligera y sin reuniones a primera hora, salva parte de lo que si no se evapora en dos días.