Preguntar si "las redes sociales" hacen daño mete en el mismo saco cosas que no se parecen. Escribir a un amigo, felicitar a alguien y pasar veinte minutos bajando por el muro sin tocar nada son la misma aplicación y tres experiencias distintas. Ethan Kross y Philippe Verduyn montaron dos estudios para separar esos usos y ver cuál movía el ánimo, y en qué dirección.
Dos maneras de estar en Facebook
En el primer estudio llevaron a 84 estudiantes al laboratorio y les dieron diez minutos de Facebook con una consigna asignada al azar. Unos tenían que participar: publicar, comentar, mandar mensajes. Otros solo podían mirar, leer el muro y ver fotos y páginas ajenas sin escribir una sola palabra. Para asegurarse de que cumplían, el equipo grabó la pantalla de cada participante sin avisar. Tras descartar a quienes se salieron del guion o adivinaron de qué iba el experimento, quedaron 67. Esa misma noche, a las nueve, todos respondían una encuesta sobre cómo se sentían.
Los que habían pasado los diez minutos mirando sin intervenir llegaron a la noche peor de como habían empezado la tarde. Los que habían interactuado, no. El grupo pasivo era además el que más suscribía frases del tipo "mi vida no está a la altura de la de los demás". Un detalle desactiva la lectura más alarmista: los dos grupos, el activo y el pasivo, se sintieron menos solos justo después de usar Facebook. No todo se hundía a la vez.
La segunda prueba salió del laboratorio
El segundo estudio reaprovechó los datos de una investigación anterior del mismo equipo, la de los 82 jóvenes de Ann Arbor que se cuenta aparte en esta biblioteca. Durante seis días, esas personas recibían un mensaje de texto cinco veces al día, de diez de la mañana a medianoche, con enlace a una encuesta de medio minuto: cuánto Facebook habían consumido desde el último aviso, cómo estaban de ánimo, cuánta envidia notaban, cuánto habían tratado con gente en persona.
El patrón del laboratorio reapareció en la vida diaria. Cuanto más uso pasivo declaraba alguien entre dos mensajes, peor puntuaba su ánimo en el siguiente. El análisis señaló un mediador claro, la envidia. Mirar el resumen editado de la vida de otros dispara la comparación hacia arriba, y esa comparación es la que tira del ánimo hacia abajo. La relación se mantenía al descontar el uso activo de Facebook, el uso de otras redes y las conversaciones cara a cara.
Comparar sin recibir nada a cambio
Interactuar tiene una contrapartida. Si escribes a alguien o comentas su foto, puede haber respuesta, la sensación de que te leen, un vínculo que sigue vivo. El uso pasivo expone a las mismas vidas ajenas y no devuelve ninguna de esas cosas. Te quedas con la comparación y sin el contacto que la compensaría.
Eso cambia la pregunta que solemos hacernos. Cuenta menos cuánto rato pasas en una red que qué haces durante ese rato. La misma sesión, con la misma duración exacta, te deja distinto según entres a hablar con una persona concreta o a deslizar el pulgar sin destino. En la misma línea, para el sueño de los adolescentes pesó más a qué hora se usaban las redes que el total de minutos del día.
Cuánto de esto ha aguantado
La distinción entre uso activo y pasivo se volvió tan popular que conviene mirar cómo ha envejecido. En 2022, Patti Valkenburg y su equipo revisaron cuarenta estudios de encuesta sobre el tema. Solo en torno al 15% encontraba que el uso pasivo se asociara a peor bienestar. En la mayoría, la relación era pequeña o no aparecía. Un estudio que siguió a adolescentes día a día confirmó la hipótesis del uso pasivo en un 20% de los chavales y la descartó en el 80% restante.
Los trabajos grandes que cruzan tiempo de pantalla y bienestar encuentran efectos diminutos, del orden del medio punto porcentual de la variación entre unas personas y otras. La lectura prudente hoy es que el uso pasivo no sienta igual a todo el mundo. A quien ya arrastra tendencia a compararse le pesa. A mucha otra gente le resbala. El experimento de 2015 describió bien un mecanismo real, la envidia, pero lo pintó más universal de lo que después se ha podido sostener.
«El uso pasivo de Facebook socava el bienestar emocional al aumentar la envidia, y la relación se mantiene al controlar el uso activo, el de otras redes y la interacción social directa.»
Verduyn et al. (2015)
Antes de abrir una red, decide si vas a hablar con alguien concreto o solo a echar un vistazo. Si es lo segundo, ponle un límite corto a esa sesión, porque es justo el uso que peor sienta si además tiendes a compararte. Y si sales de la app con la sensación de que tu vida va por detrás de la de los demás, esa es la señal de que estabas comparándote en vez de hablar con nadie.