La frase se repite en talleres y folletos: hacer arte relaja, no hace falta saber dibujar. Girija Kaimal, Kendra Ray y Juan Muniz, de la Universidad Drexel, quisieron ponerle un número al cuerpo. Reunieron a 39 adultos sanos, de 18 a 59 años, y midieron una hormona del estrés antes y después de dejarles crear a su aire durante tres cuartos de hora.
Rotuladores, arcilla y collage durante tres cuartos de hora
Cada participante entraba en un estudio abierto con rotuladores y papel, arcilla de modelar y material de collage. Ninguna consigna sobre qué hacer ni cómo. Cuarenta y cinco minutos después, dejaba la obra y escribía una o dos líneas sobre cómo había sido la experiencia. Antes y al terminar se recogía una muestra de saliva para medir el cortisol, y quien la analizaba en el laboratorio no sabía si era la de antes o la de después.
La media del grupo bajó de forma clara, de unos 18 a unos 15 nanogramos por mililitro. Alrededor del 75% de los participantes, treinta de treinta y nueve, terminó con menos cortisol que al empezar. El detalle que suele caerse del titular: el 25% restante acabó igual o con la hormona un poco más alta. Para nueve personas, la sesión no relajó, o incluso activó.
La mano que tengas da igual
Aquí está el hallazgo que aguanta. La bajada de cortisol no se relacionó con la experiencia artística previa, ni con el tipo de material elegido, ni con el sexo, ni con la etnia. Con la edad había una correlación muy débil, los más jóvenes bajaban algo más, pero tan floja que los propios autores piden tomarla con pinzas. Quien no había cogido un pincel en su vida se beneficiaba tanto como quien tenía formación.
La lectura del equipo es que el efecto, si lo hay, no viene de la destreza ni del resultado, sino del rato en sí: atención sostenida en una tarea manual y abierta, sin nadie evaluando y sin objetivo de rendimiento, algo parecido a lo que buscan las prácticas de atención plena. El estudio no puntuó la calidad de ninguna obra, solo el cambio hormonal de quien la hizo.
Sin grupo de control, con una hormona que ya baja sola
El propio artículo es franco con sus límites, y son grandes. No hubo grupo de control. Sin él es imposible separar qué parte de la bajada la puso el arte y qué parte la puso sentarse cuarenta y cinco minutos en una sala tranquila charlando con un investigador. El cortisol tiene además un ritmo circadiano: es más alto por la mañana y va cayendo a lo largo del día por sí solo. En el estudio, cuanto más tarde se hacía la sesión, menos bajaba, justo lo que cabría esperar si parte del descenso es ese goteo natural y no el efecto de pintar.
La muestra tampoco ayuda a generalizar: el 85% eran mujeres y cerca del 80% ya tenía experiencia media o alta con el arte. Es un estudio piloto, el primero que midió cortisol tras una sesión con este formato, y la literatura de la que forma parte todavía es corta. Que hacer algo con las manos siente bien es fácil de creer. Que baje una hormona por encima de lo que bajaría de todos modos esa tarde es lo que este trabajo, solo, no puede demostrar.
«Hacer arte puede reducir el cortisol con independencia de la experiencia previa, el tipo de material o el perfil de quien lo hace.»
Kaimal, Ray y Muniz (2016)
Como plan para descargar la tensión de un día, cuarenta y cinco minutos de crear algo con las manos, sin exigirte que quede bien y sin foto para nadie, es barato y rara vez hace daño. No cuentes con una bajada hormonal garantizada: a una de cada cuatro personas del estudio no le pasó, y parte del efecto medio pudo ser el cortisol cayendo solo. El motivo para hacerlo es que suele apetecer, no el análisis de saliva.