Hay un instante en algunas canciones, cuando entra la voz, cuando revienta el clímax, en que un escalofrío te recorre la espalda y se te eriza la piel. Anne Blood y Robert Zatorre, en Montreal, quisieron ver qué hace el cerebro en ese segundo exacto. En vez de poner la misma música a todo el mundo, cada participante trajo la suya.
Diez músicos con su propia grabación
Reclutaron a diez personas que sentían escalofríos de forma fiable y repetible ante piezas concretas, todas instrumentales, sin letra, para que el efecto no viniera del significado de unas palabras. Cada una escuchó su grabación dentro de un escáner de tomografía por emisión de positrones, que sigue los cambios de flujo sanguíneo en el cerebro. Como comparación, cada participante escuchaba también la música elegida por otro, que a él o ella no le producía nada, además de ruido y silencio.
Mientras escuchaban, marcaban con la mano la intensidad del escalofrío momento a momento. El escalofrío venía acompañado de cambios medibles en el ritmo cardíaco, la respiración y la tensión muscular, así que no era solo una sensación declarada. Blood y Zatorre cruzaron esos picos con la actividad cerebral.
El circuito de la recompensa se enciende
Cuanto más fuerte era el escalofrío, más subía la actividad en el estriado ventral, el mesencéfalo, la ínsula anterior y la corteza orbitofrontal, y más bajaba en la amígdala y el hipocampo anterior. El bloque que se activa es el circuito de recompensa, y los autores lo dijeron con todas las letras: son las mismas regiones que responden a la comida, el sexo y las drogas de abuso.
Lo raro del asunto es que la música no alimenta, no reproduce y no tiene ningún valor de supervivencia. Es un patrón de sonido y ya está. Que sea capaz de mover el sistema que la evolución montó para premiar comer y aparearse sugiere que ese sistema responde a la intensidad emocional en sí, no solo a lo que sirve para seguir vivo.
Qué aguanta de la comparación con la cocaína
La frase "las mismas zonas que la droga" hay que cogerla con cuidado. El estriado ventral se activa con cientos de cosas distintas, del dinero a un chiste, así que ver la misma región encendida no prueba que el mecanismo sea el mismo. Es el problema clásico de deducir la función a partir del mapa. Y la muestra era de diez personas, con una técnica, el PET, más borrosa que la resonancia actual.
Lo que ha reforzado el vínculo son los estudios de después, no este. En 2011, el equipo de Valorie Salimpoor midió liberación real de dopamina durante los picos de placer musical, con un reparto temporal: una zona se activa anticipando el momento y otra en el momento. En 2013 encontraron que la actividad del núcleo accumbens predecía cuánto pagaba la gente por canciones que no había oído. Y en 2019, Ferreri y su equipo subieron y bajaron el placer y los escalofríos dándole a los participantes fármacos que aumentan o bloquean la dopamina, que es lo más cerca de una prueba causal que hay.
En el otro extremo, alrededor de una de cada veinte personas tiene anhedonia musical: no disfruta la música por mucho que lo intente, pese a emocionarse con el dinero o con otras cosas y a oír bien. Que se pueda perder solo esa vía indica que el enganche musical al circuito de recompensa es específico, no un efecto genérico de "cualquier cosa agradable".
«Las regiones que se activan con los escalofríos musicales son las mismas que responden a la comida, el sexo o las drogas de abuso.»
Blood y Zatorre (2001)
Si tienes canciones que te erizan la piel de forma constante, tenlas identificadas y a mano. No la lista genérica de "música para relajarse", sino las cuatro o cinco piezas que a ti, en concreto, te disparan el escalofrío. Son un recurso de regulación emocional con más respaldo del que parece, y el efecto es tuyo y no traslada: la que a ti te atraviesa a otro puede dejarle indiferente.