Dos cuadros delante de ti, imposibles de distinguir. Mismos pigmentos, misma técnica, mismas medidas. Uno lo pintó Picasso. El otro es obra del mejor falsificador vivo, hecho ayer. ¿Cuál prefieres tener? La respuesta sale sola, y el hecho de que salga sola es lo interesante, porque no se apoya en nada que puedas ver.
El falsificador que engañó a los nazis
En 1945, el marchante holandés Han van Meegeren fue detenido por vender un Vermeer a Hermann Göring durante la ocupación. Para librarse de la acusación de colaboracionismo, que se pagaba con la muerte, tuvo que confesar algo peor para su bolsillo: el Vermeer lo había pintado él. Y no solo ese. Varias obras admiradas durante años en museos y colecciones eran suyas.
Los cuadros no cambiaron de aspecto tras la confesión. Cambió su precio, su lugar en los libros y la emoción con la que se miraban. La misma tela que se contemplaba como un tesoro pasó a ser una curiosidad sobre un estafador. Ese desplome, sin que el objeto se mueva un milímetro, es lo que la psicología intenta explicar.
Dos motivos por los que el original pesa más
George Newman y Paul Bloom pusieron a prueba dos explicaciones en 2012, en cinco experimentos con escenarios donde un objeto original se duplicaba. Cambiaban el tipo de objeto, un cuadro o un mueble, y las circunstancias de la copia.
El primer motivo lo llamaron desempeño: valoramos el original como el rastro de un acto creativo único e irrepetible. La copia reproduce el resultado, no el momento en que alguien resolvió el problema por primera vez. El segundo lo llamaron contagio: la sensación de que el objeto que tocó el artista guarda algo de él, una especie de esencia que no se transfiere a la réplica por perfecta que sea. Los dos pesaban en los juicios de los participantes.
La conclusión de fondo es que la diferencia de valor no viene de casos concretos de falsificación ni de un tipo de arte en particular, sino de una teoría intuitiva sobre qué es el arte que la gente aplica sin darse cuenta.
Empieza antes de saber leer
Esta intuición aparece pronto. Bruce Hood y Paul Bloom montaron para niños de unos cuatro años y medio una máquina que, supuestamente, copiaba objetos átomo a átomo. Cuando la copia era de un juguete cualquiera, los niños la aceptaban sin problema. Cuando era de su objeto de apego, el peluche o la manta con la que dormían, muchos se negaban a cambiarlo por el duplicado idéntico.
En otra versión, valoraban más una cuchara que decían que había pertenecido a la reina Isabel II que una copia exacta, pero no mostraban esa preferencia con otros objetos valiosos sin historia detrás. No funciona como una postura filosófica razonada, sino como una inferencia automática, y ya está en marcha antes de que nadie te la explique.
Hasta dónde llega la evidencia
El grueso de estos estudios usa escenarios hipotéticos y preguntas, no salas reales ni dinero de verdad sobre la mesa. Miden lo que la gente dice que valoraría, que no siempre coincide con lo que haría.
Cuando se ha llevado al escáner, el efecto aparece con matices. En un estudio de Ulrich Kirk, ponerle a un cuadro la etiqueta de "procede de una galería" en lugar de "generado por ordenador" subía tanto la valoración estética como la actividad en la corteza orbitofrontal medial, ligada a la recompensa. En otro, de Mengfei Huang y su equipo con retratos de Rembrandt, la etiqueta de "copia" disparaba zonas del lóbulo frontal asociadas al escrutinio, tanto si el retrato era auténtico como si no.
Nada de esto prueba que exista una esencia. Prueba que el origen que atribuimos a un objeto cambia cómo lo vemos y cómo lo disfrutamos, y que ese cambio es difícil de apagar a voluntad.
«La diferencia de valor entre las obras originales y las copias perfectas procede de las teorías intuitivas que la gente tiene sobre el arte, más que de la asociación con la falsificación o con un tipo concreto de arte.»
Newman & Bloom (2012)
Cuando algo te guste mucho o poco, una obra, un producto, el trabajo de alguien, prueba a separarlo de su procedencia y pregúntate si lo valorarías igual sin saber quién lo hizo. Si la respuesta es no, parte de tu juicio lo está poniendo la historia del objeto, no lo que tienes delante. A veces es legítimo, porque esa historia forma parte de lo que compras. Pero conviene saber qué parte de tu entusiasmo es por la pieza y qué parte es por la firma.
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Por qué un Picasso falso e idéntico al original vale cero es, en el fondo, una pregunta sobre cómo el cerebro incorpora la historia de un objeto a la propia percepción sensorial. Kandel lo explica con rigor y sin tecnicismos.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué una copia perfecta de una obra de arte no tiene el mismo valor?
Por el esencialismo psicológico: creemos que los objetos tienen una "esencia" no física. El original contiene la intención del artista; la copia, no.
¿Qué es el esencialismo psicológico de Paul Bloom?
La teoría de que atribuimos a los objetos una esencia invisible que determina su valor. En el arte, esa esencia es la autenticidad y el origen.
¿Afecta saber que algo es una copia a la experiencia estética?
Sí y es medible. Participantes calificaban su respuesta emocional significativamente más baja cuando se les decía que era una copia.
¿Es racional el valor de la autenticidad en el arte?
Desde la economía estándar, no. Desde la psicología evolutiva, el "contagio mágico" del original tiene valor simbólico real para la mente humana.