En los años sesenta y setenta, Walter Mischel sentó a niños de preescolar frente a un malvavisco con una propuesta simple: podían comérselo ya, o esperar unos quince minutos sin tocarlo y recibir dos malvaviscos como recompensa. Seguimientos posteriores de esos mismos niños, ya adolescentes, encontraron que quienes habían aguantado más tiempo obtenían mejores notas y menos problemas de conducta años después. El hallazgo se convirtió en una de las historias más repetidas sobre la importancia del autocontrol infantil. En 2018, un estudio con una muestra diez veces mayor y mejor diseñada puso en duda buena parte de esa historia.
Una muestra de 90 niños de Stanford frente a una de 900 niños representativos
El estudio original de Mischel se realizó con niños hijos de profesores y estudiantes de posgrado de la Universidad de Stanford, un grupo muy homogéneo en nivel socioeconómico, y con muestras de apenas 90 niños en los seguimientos más citados. En 2018, Tyler Watts, Greg Duncan y Haonan Quan repitieron el experimento con casi 900 niños de un estudio longitudinal representativo de la población estadounidense, con familias de todos los niveles económicos.
Cuando controlaron estadísticamente el nivel socioeconómico de la familia, el nivel educativo de la madre y el entorno del hogar en la primera infancia, la capacidad de esperar por el segundo malvavisco perdió casi toda su fuerza predictiva sobre el rendimiento académico posterior. Los niños de familias con más recursos esperaban más tiempo de media, y también rendían mejor académicamente años después, pero ambas cosas parecían depender de una tercera variable común: el contexto económico y educativo del hogar.
Por qué esperar tiene sentido distinto según de dónde vengas
Un análisis relacionado de la investigadora Celeste Kidd ofreció una explicación complementaria: en entornos donde las promesas de los adultos se cumplen de forma poco fiable, esperar deja de ser la decisión racional. Un niño que ha aprendido, por experiencia repetida, que las promesas de recompensa futura a menudo no se cumplen, actúa de forma perfectamente lógica al comerse el malvavisco ya, no por falta de autocontrol, sino por falta de confianza justificada en la promesa.
Esto cambia completamente la interpretación del hallazgo original: la decisión de esperar o no esperar refleja, al menos en parte, un aprendizaje racional sobre la fiabilidad del entorno, no un rasgo de carácter fijo que un niño lleva consigo a cualquier situación futura, independientemente del contexto en el que se haya formado.
Lo que sobrevive del hallazgo, y lo que hay que dejar de repetir
Ninguno de los estudios posteriores niega que el autocontrol importe para el rendimiento futuro: sigue existiendo una relación, aunque mucho más pequeña de lo que sugería el estudio original, y buena parte de esa relación desaparece al controlar el contexto socioeconómico. Lo que sí queda desmentido es la versión más popular del hallazgo: que un simple test de cuatro minutos con un dulce a los cuatro años predice, por sí solo, el futuro académico de un niño.
La lección que deja el episodio, más allá del malvavisco, es una advertencia sobre la ciencia popular: un hallazgo llamativo, obtenido con una muestra pequeña y poco representativa, puede convertirse en verdad cultural durante décadas antes de que alguien compruebe si se sostiene a mayor escala. Cuando por fin se comprobó, la historia resultó ser más sobre el entorno económico que sobre el carácter individual del niño.
Si eres madre, padre o educador y te preocupa el autocontrol de un niño, la evidencia actual apunta a una palanca más eficaz que entrenar la espera en abstracto: ser una fuente fiable de promesas cumplidas. Un entorno donde "en un momento" y "luego te doy más" se cumplen de forma consistente enseña, con hechos repetidos, que esperar merece la pena.
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