Pregunta a un votante demócrata qué siente por el Partido Republicano, y a uno republicano qué siente por el Demócrata. Desde finales de los años setenta, la Encuesta Electoral Nacional de Estados Unidos hace exactamente eso con un termómetro de 0 a 100. Shanto Iyengar1 y dos colegas de Stanford juntaron esas respuestas a lo largo de tres décadas y encontraron un patrón que no se ha detenido: los estadounidenses no discrepan mucho más que antes en política, pero se caen bastante peor.
01Tres décadas de termómetro
La medida es sencilla. Al encuestado se le pide que ponga su "temperatura" emocional hacia un grupo político en una escala de 0, frío y hostil, a 100, cálido y favorable. La distancia entre la nota que alguien le pone a su propio partido y la que le pone al contrario es lo que Iyengar y sus colegas llaman polarización afectiva2. Analizaron esa diferencia desde finales de los setenta hasta 2008, con miles de entrevistas representativas cada dos años.
A finales de los setenta, la brecha media rondaba los veinte puntos. Para 2008 se acercaba a los cuarenta. En paralelo, midieron la distancia en posiciones declaradas sobre asuntos concretos, impuestos, sanidad, inmigración, y ahí el crecimiento fue mucho más modesto. El hueco emocional entre partidos se ensanchó casi al doble de velocidad que el hueco de ideas. La lectura de los autores: los estadounidenses no se han vuelto tan distintos en lo que piensan, se han vuelto mucho más hostiles con quien piensa distinto.
02Cuando el partido pasa a ser identidad
Iyengar interpreta el patrón con la teoría de la identidad social3 de Tajfel y Turner. Definimos parte de quiénes somos a través de los grupos a los que pertenecemos, y esa pertenencia enciende sola el favoritismo hacia los de dentro y la desconfianza hacia los de fuera, casi sin importar en qué se distinga el grupo. Cuando ser de un partido se vuelve una identidad central, comparable a la religión o al origen en otras generaciones, la antipatía hacia el otro partido deja de necesitar coartada ideológica. Es la reacción por defecto ante quien no es de los nuestros.
El desbordamiento se ve fuera de la política. La afiliación pesa cada vez más en con quién te juntas, dónde vives, a quién contratas y con quién se casan tus hijos. En 1960, menos del 5% de republicanos y demócratas decía que le disgustaría que su hijo se casara con alguien del partido rival. En 2010, la cifra era del 49% entre republicanos y del 33% entre demócratas. En un trabajo posterior, Iyengar y Westwood (2015) midieron que el sesgo implícito y en la conducta a favor del propio partido igualaba o superaba al medido por raza en varias tareas.
La distancia entre los partidarios de cada partido es más afectiva que ideológica.
Iyengar, Sood & Lelkes (2012)
03La otra lectura
No todo el mundo acepta la mitad de "las ideas no se han movido". Alan Abramowitz y otros sostienen que los partidos sí se han separado ideológicamente desde los setenta, que los votantes se han ordenado, los liberales en uno, los conservadores en otro, y que entre la gente más implicada en política las posiciones sí divergen de verdad. Polarización afectiva e ideológica podrían estar alimentándose la una a la otra en vez de competir.
El patrón, además, es más nítido en un sistema de dos partidos. En democracias con muchos partidos aparece más débil o más enredado. Y hay discusión sobre qué mide el termómetro exactamente: rechazo real, o solo la disposición a poner un número bajo a una etiqueta que cae mal.
Lo que aguanta por encima de la disputa es esto: por casi cualquier medida, los estadounidenses declaran mucha más hostilidad hacia el otro bando que hace cuarenta años, y esa hostilidad se ha colado en decisiones que no tienen nada que ver con la política.
Cuando notes rechazo hacia alguien por su política, separa dos cosas: ¿reaccionas a lo que defiende, punto por punto, o a la etiqueta de bando que lleva encima? Solo la primera tiene arreglo hablando. La segunda es identidad de tribu, y ahí el diálogo no llega. Fijarte en cuál de las dos se te ha activado es lo más parecido a un freno que tienes a mano.

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.
Ver sus artículosReferencias
- Iyengar, Sood y Lelkes (2012), Public Opinion Quarterly doi.org/10.1093/poq/nfs038
- Iyengar, S. y Westwood, S. J. (2015). Fear and Loathing across Party Lines: New Evidence on Group Polarization. American Journal of Political Science, 59(3), 690-707. doi.org/10.1111/ajps.12152