Si le preguntas a un demócrata típico cuántos republicanos son "extremistas", te dirá que alrededor del 70%. Si le preguntas a un republicano lo mismo sobre los demócratas, obtendrás una cifra similar. La realidad, medida en encuestas con muestras representativas, es que esos extremistas no llegan al 30% en ninguno de los dos grupos. Pero la percepción distorsionada importa tanto como la realidad: cuando crees que el otro bando es más radical de lo que es, tu hostilidad hacia él se calibra sobre esa percepción, no sobre los hechos. Iyengar y sus colegas de Stanford pasaron cuatro décadas midiendo cómo esta hostilidad (independientemente de su justificación ideológica) no ha parado de crecer.
Cuarenta años de termómetro afectivo: los datos de Stanford
Iyengar, Sood y Lelkes analizaron datos de los American National Election Studies desde 1972 hasta 2012, una fuente que incluye miles de entrevistas representativas cada dos años. Utilizaron una medida clásica de psicología política llamada "termómetro de sentimientos": se pide al encuestado que evalúe su temperatura emocional hacia distintos grupos políticos en una escala de 0 (hostilidad máxima) a 100 (máxima simpatía). La diferencia entre la temperatura promedio que los demócratas asignan a otros demócratas y la que asignan a los republicanos (y viceversa) mide la "polarización afectiva".
El resultado fue llamativo. Durante los años 70, la diferencia promedio entre in-group y out-group era de unos 23 puntos. Para 2012, había crecido hasta 40 puntos. En paralelo, el análisis de las posiciones declaradas sobre políticas concretas (impuestos, sanidad, inmigración) mostró un crecimiento mucho más modesto en la distancia ideológica real. El gap emocional entre partidos creció casi el doble que el gap de posiciones. La conclusión central del estudio: los americanos no se han vuelto más polarizados en sus ideas; se han vuelto más polarizados en su antipatía mutua.
El mecanismo: cuando el partido se convierte en identidad social
Iyengar y sus colegas interpretaron este patrón desde la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner: las personas definen parte de su autoconcepto a través de los grupos a los que pertenecen, y esa pertenencia activa automáticamente el favoritismo hacia el in-group y la desconfianza hacia el out-group, independientemente de los contenidos ideológicos del grupo. Cuando la afiliación partidista se convierte en una identidad central (comparable en importancia a la religión o la etnia en generaciones anteriores) la hostilidad hacia el otro partido deja de necesitar justificación ideológica: es simplemente la respuesta natural a quienes no son "como nosotros".
Las consecuencias prácticas son profundas. Los autores documentaron que la afiliación política afecta cada vez más la elección de barrio, de pareja, de amistades y de empleados: en 2010, el 49% de los republicanos y el 33% de los demócratas declararían sentirse "disgustados" si su hijo se casara con alguien del partido contrario, frente a valores inferiores al 10% medidos en 1960. La polarización no es solo una cuestión de qué pensamos sobre políticas: es una reconfiguración de a quién consideramos "nuestros".
«Los americanos no se han vuelto más distintos en sus ideas políticas. Se han vuelto más distintos en cuánto se desagradan mutuamente.»
Shanto Iyengar
Cuando sientas rechazo hacia alguien por su posición política, hazte esta pregunta: ¿estás reaccionando a sus ideas concretas o a la señal de tribu que representan? La distinción importa porque solo la primera tiene solución a través del diálogo. Reducir el contacto con el "termómetro afectivo" propio (qué tan caliente o frío te sientes hacia el grupo contrario) es el primer paso para evitar que la identidad tribal reemplace al juicio.
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Klein documenta cómo el partido se convierte en identidad social antes que en conjunto de ideas, la razón por la que nos cae mal alguien de otro bando aunque pensemos parecido en el fondo.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la polarización afectiva?
La hostilidad y el rechazo emocional hacia el grupo político contrario, independientemente de las diferencias ideológicas reales.
¿Cómo de diferentes son realmente los votantes de distintos partidos?
Menos de lo que creen. El "partisan gap" percibido es 2-3 veces mayor que el real. Sobreestimamos enormemente cuán extremas son las posturas del grupo contrario.
¿Qué factores alimentan la polarización afectiva?
Los medios que amplifican el conflicto, las redes sociales que dan visibilidad a los extremos, y la identidad de partido como identidad social primaria.
¿Cómo reducir la polarización afectiva a nivel personal?
Contacto con individuos del grupo contrario (no abstracto sino personal), reducir el consumo de medios de alta indignación, y atribuir buenas intenciones antes que malas.