En 1977, Lee Ross, David Greene y Pamela House propusieron a estudiantes universitarios llevar durante media hora, por el campus, un cartel publicitario grande con el mensaje "Come en Joe's", a cambio de participar en un estudio. Antes de decidir si aceptaban o no, se les pidió que estimaran qué porcentaje de otros estudiantes, en su lugar, aceptaría llevar el cartel. Quienes aceptaron llevarlo estimaron que la mayoría de sus compañeros también aceptaría. Quienes se negaron estimaron que la mayoría también se negaría. Ambos grupos, con decisiones opuestas, estaban igual de convencidos de representar a la mayoría.
Tu propia decisión se convierte, en tu cabeza, en la decisión de la mayoría
Ross, Greene y House repitieron el patrón con distintos escenarios (dilemas morales, preferencias de consumo, posturas políticas) y encontraron sistemáticamente la misma distorsión: las personas sobrestiman de forma consistente cuánta gente comparte su propia opinión o comportamiento, independientemente de cuál sea esa opinión en concreto. Bautizaron el fenómeno como efecto de falso consenso.
La distorsión no era simétrica ni caprichosa: cuanto más segura estaba una persona de su propia postura, mayor era su sobreestimación de cuánta gente compartía esa misma postura. La convicción personal, lejos de ser un buen indicador de representar a la mayoría, resultó ser precisamente lo que inflaba la sensación de representarla.
Por qué tu entorno cercano no es una muestra fiable del mundo
Una de las explicaciones que mejor ha resistido investigaciones posteriores es puramente estructural: la mayoría de las personas socializa, de forma natural, con gente que piensa parecido, mismo entorno educativo, mismo grupo de amigos, mismos algoritmos de contenido en redes sociales. Esa muestra sesgada de opiniones cercanas se generaliza, sin que nadie haga el cálculo consciente, como si representara a la sociedad entera.
A esto se suma un segundo mecanismo, más motivacional: creer que la mayoría opina como uno mismo reduce la incomodidad de sostener una postura minoritaria o polémica. Es más cómodo pensar que la mayoría de la gente sensata piensa como uno que aceptar la posibilidad de estar, de hecho, en minoría respecto a una opinión que se sostiene con firmeza.
Lo que esto explica sobre la polarización que no siempre es real
El efecto de falso consenso ayuda a explicar por qué los debates públicos suelen sentirse más polarizados de lo que las encuestas reales muestran después: cada bando cree, con total sinceridad, que representa a una mayoría silenciosa, cuando en realidad ambos están generalizando desde el mismo tipo de entorno social sesgado y cerrado sobre sí mismo.
Las redes sociales, con sus algoritmos que muestran preferentemente contenido afín a lo que cada usuario ya consume, probablemente amplifican este sesgo más de lo que lo hacía el entorno físico de 1977: hoy es más fácil que nunca construirse una burbuja social donde una opinión minoritaria en la población general parezca, de puertas para adentro, un consenso absoluto y evidente.
Antes de dar por hecho que "todo el mundo piensa como yo" sobre un tema que te importa, pregúntate si tu muestra mental de "todo el mundo" es en realidad tu grupo de amigos, tu timeline de redes sociales o tu entorno laboral, todos ellos filtrados de antemano hacia gente parecida a ti.
Si quieres profundizar en esto
Kahneman explica, dentro de su mapa de los sesgos cognitivos, por qué el Sistema 1 generaliza sin esfuerzo lo cercano y lo familiar al conjunto de la realidad, el mismo mecanismo que sostiene el efecto de falso consenso.
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