Leann Birch y Diane Marlin se enfrentaban a una contradicción habitual en cualquier casa con niños pequeños: un niño rechaza un alimento que nunca ha probado, y ese rechazo se interpreta como una preferencia estable e inamovible, cuando en realidad no hay ninguna experiencia real detrás de esa opinión. Diseñaron un experimento para medir si la simple exposición repetida, sin ninguna recompensa asociada, podía cambiar esa preferencia inicial.
El experimento: quesos y frutas desconocidas, expuestas una y otra vez
A niños de alrededor de dos años se les ofrecieron alimentos que no habían probado antes, con sabores y texturas poco familiares. Distintos grupos de niños fueron expuestos al mismo alimento 0, 5, 10 o 20 veces, en sesiones separadas y sin ninguna recompensa por comerlo ni presión para hacerlo. Antes y después del periodo de exposición, se midió cuánto preferían ese alimento frente a otros alimentos ya conocidos.
La preferencia por el alimento nuevo aumentó de forma clara con el número de exposiciones, pero no de manera lineal: la mayor parte de la ganancia en preferencia ocurría en las primeras ocho a diez exposiciones, y a partir de ahí el efecto se aplanaba. Muchos de los niños que en la primera prueba habían rechazado el alimento abiertamente terminaron, tras las exposiciones repetidas, prefiriéndolo por encima de alimentos que ya conocían desde antes.
El mecanismo: rechazar lo desconocido antes de haberlo probado
Birch y Marlin titularon su estudio con una frase que los propios niños decían literalmente sobre alimentos que nunca habían tocado: "no me gusta, nunca lo he probado". Ese rechazo anticipado, conocido en la literatura como neofobia alimentaria, es una respuesta evolutivamente sensata en una especie omnívora: probar algo desconocido conlleva un riesgo real de intoxicación, así que el cerebro infantil trata lo nuevo con cautela por defecto, antes de tener ninguna evidencia sensorial sobre si es seguro o agradable.
La exposición repetida resuelve ese problema sin necesidad de persuasión ni de premios: cada vez que el alimento se prueba sin consecuencias negativas, la cautela inicial pierde una razón de ser. El gusto no cambia porque el niño haya sido convencido de que le gusta; cambia porque la familiaridad, por sí sola, reduce la amenaza percibida de lo desconocido. Es el mismo principio que opera en la mera exposición de Zajonc, aplicado al paladar en vez de a la vista.
«No me gusta, nunca lo he probado: así describían los propios niños su rechazo a alimentos que ni siquiera habían llegado a tocar.»
Leann L. Birch
Si un niño (o tú mismo) rechaza un alimento nuevo a la primera, no lo interpretes como una preferencia definitiva. La investigación de Birch sugiere ofrecerlo de nuevo, sin presión ni negociación, en al menos ocho o diez ocasiones separadas antes de concluir que de verdad no gusta. El rechazo inicial suele ser cautela ante lo desconocido, no una valoración real del sabor.