Un niño de dos años prueba una cucharada de algo verde, pone cara de asco y sentencia que no le gusta. Los padres lo apuntan como un no definitivo. Leann Birch y Diane Marlin quisieron comprobar cuánto dura ese no si el alimento vuelve a aparecer, sin premios ni discusiones, un día tras otro.
Cinco quesos nuevos, una y otra vez
Fueron dos experimentos cortos. En el primero, seis niños de unos dos años probaron cinco quesos que no conocían, cada uno un número distinto de veces a lo largo de 26 días: uno veinte veces, otro quince, otro diez, otro cinco, otro solo dos. En el segundo, ocho niños hicieron lo mismo con cinco frutas nuevas, con un grupo que ni las probaba. Cada encuentro era mirar y probar, sin recompensa por comer y sin presión.
Antes y después, los investigadores medían el orden de preferencia entre esos alimentos nuevos. La preferencia subía con el número de pruebas, pero no en línea recta: casi toda la ganancia se concentraba en las primeras ocho a diez exposiciones y luego la curva se aplanaba. Con dos o cinco pruebas no bastaba. Alimentos rechazados de entrada acababan por delante de los que se habían probado menos veces.
No me gusta, nunca lo he probado
El título del estudio es una frase que los niños decían tal cual sobre comida que no habían tocado. Ese rechazo por adelantado se llama neofobia alimentaria y tiene sentido en un animal omnívoro: meterse en la boca algo desconocido puede salir caro, así que la respuesta por defecto ante lo nuevo es la cautela, antes de tener ninguna información sobre su sabor.
La exposición repetida desactiva esa alarma sin convencer a nadie de nada. Cada vez que el alimento entra y no pasa nada malo, la desconfianza pierde motivo. El niño no aprende a que le gusta, deja de tratarlo como amenaza. Es la mera exposición de Zajonc trasladada del ojo al paladar.
Cuántas veces, de verdad
La cifra de "ocho a diez" hay que cogerla con la muestra que la produjo: seis niños y ocho niños, un solo laboratorio, y una medida de orden de preferencia entre alimentos nuevos, no de cuánto comían ni de si superaban a sus platos de siempre. Es un punto de partida, no una constante.
Lo que vino después la ha matizado. Estudios con más niños, como el de Wardle y su equipo en 2003, ofrecieron una verdura a diario durante un par de semanas y consiguieron más aceptación, pero situando el umbral útil más bien en diez o quince pruebas, con mucha variación entre críos. La exposición sola funciona, aunque para algunos niños rinde más combinada con ver a un adulto comerlo o con un premio pequeño. Y lo ganado se pierde si el alimento desaparece de la mesa una temporada. La neofobia, además, aprieta sobre todo entre los dos y los seis años y luego cede.
«No me gusta, nunca lo he probado: así describían los niños su rechazo a alimentos que ni siquiera habían tocado.»
Birch y Marlin (1982)
Si un niño rechaza algo nuevo a la primera, no lo cierres. Vuelve a ponerlo en el plato, sin negociar ni premiarlo, en diez o quince ocasiones repartidas antes de darlo por perdido. Ayuda que te vea a ti comerlo con normalidad. Y si un mes después dejas de ofrecerlo, cuenta con volver casi a empezar.