Pregunta a cualquier aficionado al baloncesto si un jugador que lleva tres canastas seguidas tiene más opciones de meter la cuarta. El 91% dice que sí. Es la "mano caliente", y en 1985 tres psicólogos, Thomas Gilovich, Robert Vallone y Amos Tversky, decidieron comprobar si estaba en los datos o solo en la cabeza de la grada.
Rachas indistinguibles de una moneda
Reunieron tres fuentes. Los tiros de campo de los Philadelphia 76ers durante una temporada entera. Los tiros libres de los Boston Celtics, que se lanzan sin defensa. Y un experimento propio con jugadores y jugadoras del equipo universitario de Cornell, cien lanzamientos cada uno, sin rival y sin marcador, para que nadie pudiera alegar que el defensa aprieta más al que está enchufado.
En los tres casos, la sucesión de aciertos y fallos se parecía a tirar una moneda muchas veces. Encestar después de una racha de canastas no era más probable que encestar después de una racha de fallos. La mano caliente que casi todo el mundo daba por segura no aparecía en los números.
El cerebro ve rachas donde solo hay azar
La explicación que dieron es un error de intuición sobre lo que produce el azar. La gente subestima cuántas rachas largas salen solas al repetir un suceso con probabilidad fija. Cuatro canastas seguidas parecen significar algo, un estado, una confianza, un ritmo, cuando en una secuencia lo bastante larga cuatro seguidas ocurren sin más. Vemos un patrón y le buscamos causa, aunque la causa sea solo la estadística haciendo su trabajo.
Ese sesgo explica de paso la falacia del jugador, la contraria: creer que después de varios rojos en la ruleta "toca" negro. La misma mente que espera que el azar se corrija a corto plazo espera que el acierto se encadene. Ninguna de las dos cosas está en los datos de una moneda.
El giro estadístico de 2018
El debate no se cerró ahí. En 2018, Joshua Miller y Adam Sanjurjo publicaron en Econometrica que el propio método de 1985 tenía un sesgo escondido. Si en una secuencia finita seleccionas los momentos que vienen justo después de tres aciertos y miras el tiro siguiente, la media de esa submuestra está por debajo del 50% aunque los tiros sean independientes. Es un artefacto de contar así. Al corregirlo, los datos de tiro de Cornell muestran una mano caliente de unos once puntos porcentuales, que estaba ahí desde el principio, tapada por el error.
Con datos masivos de seguimiento de la NBA, otros equipos han encontrado también un efecto real, pero pequeño, de uno o dos puntos. Así que la lectura de hoy no es que la mano caliente sea un mito ni que la grada tenga razón. Existe, es leve, y el 91% de los aficionados la vive como si fuera enorme. El error de percepción original sigue en pie, solo que apuntaba en la dirección equivocada.
«La gente detecta patrones en secuencias aleatorias con la misma facilidad con la que los detecta en secuencias que sí contienen un patrón real.»
Gilovich, Vallone y Tversky (1985)
Cuando sientas que algo está "en racha", un jugador, un fondo, una máquina, calcula cuántas rachas de esa longitud verías solo por azar en una serie tan larga como la que observas. Suelen ser más de las que la intuición cuenta. Eso no prueba que las rachas no existan, la historia de esta misma investigación lo demuestra: prueba que una racha corta no basta para afirmar nada.