En 1995, un hombre atracó dos bancos de Pittsburgh a plena luz del día sin ninguna máscara, convencido de que el zumo de limón que se había frotado por la cara lo volvía invisible para las cámaras de seguridad, igual que el zumo de limón sirve como tinta invisible en una carta. Lo detuvieron esa misma noche: las grabaciones lo mostraban con una nitidez perfecta. El caso llegó a un periódico, y de ahí a un despacho de psicología en la Universidad de Cornell, donde dos investigadores se hicieron una pregunta más incómoda que graciosa: si alguien es tan incompetente como para creer eso, ¿tiene siquiera la capacidad de darse cuenta de que lo es?
01El examen que peor hicieron, y el que más seguros los dejó
David Dunning y Justin Kruger1 sometieron a estudiantes de Cornell a pruebas de gramática, razonamiento lógico y sentido del humor, y después les pidieron que estimaran en qué percentil2 habían quedado respecto al resto de participantes. Quienes habían obtenido las peores puntuaciones (de media, en el percentil 12) se situaban a sí mismos alrededor del percentil 62: se creían mejores que la mayoría cuando en realidad estaban entre los peores.
El patrón se repitió en las tres pruebas y en estudios posteriores con abogados evaluando sus propios casos, cazadores estimando su conocimiento sobre armas de fuego y médicos residentes calificando su propia competencia clínica. No era un rasgo de personalidad de unos pocos fanfarrones: era un patrón estadístico que aparecía siempre en el mismo lugar de la curva, entre quienes menos dominaban la materia evaluada.
02Por qué pasa: falta justo la habilidad que hace falta para notar el error
La explicación de Dunning y Kruger no apela a la arrogancia ni a la falta de humildad. Apunta a algo más estructural: las mismas competencias que se necesitan para responder bien a una pregunta de gramática o de lógica son las que se necesitan para reconocer una respuesta incorrecta, la tuya o la de otro. Quien no domina la gramática no solo comete errores: tampoco dispone de las herramientas mentales para verlos como errores una vez cometidos.
Esto crea un problema en cascada: primero, la persona rinde peor de lo que cree. Segundo, y más importante, carece del instrumento interno que le permitiría notar la diferencia entre lo que hizo y lo que debería haber hecho. La incompetencia, en ese sentido, no solo produce malas respuestas: produce ceguera ante las malas respuestas propias3.
El problema de la ignorancia es que puede sentirse exactamente igual que la pericia.
David Dunning
03La mitad del efecto que casi nunca se cuenta: los que más saben se subestiman
Lo que rara vez se menciona al hablar de este hallazgo es su otro extremo. Los participantes que quedaron en el percentil más alto tendieron a subestimar ligeramente su posición relativa, calculando que se situaban unos quince puntos por debajo de su percentil real. La razón no es falsa modestia: al dominar la tarea, asumen (erróneamente) que a los demás también les resulta fácil, y proyectan su propia competencia sobre el resto del grupo.
El resultado conjunto no es una simple lección sobre la ignorancia ajena. Es un recordatorio incómodo de que la sensación subjetiva de estar en lo cierto no es un buen indicador de estarlo de verdad, venga de quien venga. Cuanto más se sabe de un tema, de hecho, más fácil resulta ver los límites del propio conocimiento, no al revés.
La próxima vez que te sientas completamente seguro sobre un tema que solo conoces por encima (una discusión política, un diagnóstico buscado en internet, una opinión sobre el trabajo de otro), pregúntate si podrías explicarlo a alguien que sepa de verdad sin que te pillara ningún error. Esa prueba, y no la intensidad de tu seguridad, es la que de verdad mide cuánto sabes.

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.
Ver sus artículosReferencias
- Kruger, J. y Dunning, D. (1999). Unskilled and unaware of it: How difficulties in recognizing one's own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121-1134. doi.org/10.1037/0022-3514.77.6.1121