Julie y Mark son hermanos. Están de viaje por Francia, una noche se quedan solos en una cabaña y deciden acostarse juntos una vez. Ella toma la píldora, él usa preservativo. Lo disfrutan, no se lo cuentan a nadie y ninguno de los dos lo lamenta. ¿Hicieron algo malo? Casi todo el mundo responde que sí de inmediato. Y casi todo el mundo, cuando le pides que explique por qué, se queda sin munición en medio minuto: no hubo daño, no hubo víctima, nadie se enteró. El entrevistado lo admite. Y aun así no se mueve, sigue igual de seguro de que estuvo mal. Jonathan Haidt llamó a ese estado "perplejidad moral" y lo usó para discutirle el terreno a dos mil años de filosofía.
El interrogatorio que se quedaba sin respuestas
La escena de Julie y Mark viene de un estudio que Haidt hizo con Fredrik Björklund y Scott Murphy alrededor del año 2000, con unos treinta estudiantes de la Universidad de Virginia. Junto al incesto sin consecuencias, usaron otra historia parecida: una mujer que corta en trozos un cadáver ya destinado a incineración y se lo cocina, sin que nadie salga perjudicado. Como control, un dilema clásico con un conflicto real de por medio, el de Heinz y la medicina que no puede pagar. La diferencia entre unos y otros era el patrón que buscaban.
Con las historias de tabú sin daño, el juicio salía rápido y no se movía. El entrevistador iba desarmando cada razón que ofrecía el participante, una por una, hasta que no quedaba ninguna en pie, y el participante seguía diciendo que aquello estaba mal. Cerca del ochenta por ciento mantenía la condena de Julie y Mark sin un solo argumento que sostuviera. A eso se referían con quedarse "moralmente perplejo": sin razones y sin dudas a la vez.
El patrón no era nuevo. En 1993, Haidt ya lo había visto con Silvia Koller y Maria Dias en un estudio a caballo entre Filadelfia y dos ciudades de Brasil, con adultos y niños de distintas clases sociales. Allí las historias eran otras: una familia que se come a su perro después de que lo atropelle un coche, alguien que usa una vieja bandera nacional cortada en trapos para limpiar el baño. La reacción de asco venía primero. Las razones llegaban después, corriendo detrás.
El perro y la cola
El modelo que Haidt publicó en 2001 le da la vuelta a lo que se daba por hecho desde Platón hasta Kohlberg: que el juicio moral es lo que sale de razonar. Primero valoras los hechos, luego aplicas principios, y al final tienes un veredicto. Haidt sostiene que el orden real es el contrario. Una reacción intuitiva y emocional, rápida y automática, produce el veredicto. El razonamiento aparece luego, y su trabajo es sobre todo social: justificar ante los demás lo que ya has decidido.
La metáfora dio título al artículo. El perro emocional y su cola racional. El perro va delante y marca la dirección. La cola se agita detrás aparentando que conduce. Nadie conduce con la cola.
Para una discusión política esto tiene una lectura incómoda. Si las dos partes llegan con la intuición ya formada y los argumentos montados para defenderla, intercambiar argumentos casi nunca mueve a nadie. Lo que mueve es otra cosa: una experiencia que cambie cómo se siente el asunto por dentro, una relación personal que obligue a mirar distinto, un encuadre nuevo que descoloque la reacción de partida. El dato, solo, rebota. Los argumentos chocan además con otro techo, el del carácter: buena parte de la postura política tiene raíz en rasgos de personalidad.
Lo que la crítica le discute
El estudio del interrogatorio, el que puso la palabra "dumbfounding" en circulación, nunca se publicó formalmente. Lleva más de veinte años citándose como manuscrito, con una muestra pequeña. No es un detalle menor cuando es la pata empírica más famosa del modelo.
En 2015, Edward Royzman y su equipo volvieron sobre Julie y Mark y encontraron una grieta. La mayoría de los participantes no se creía de verdad la letra pequeña de la historia. Aunque el texto dijera que no hubo consecuencias, seguían pensando por dentro que el riesgo estaba ahí: para la relación, de embarazo, de algo. Cuando se les daba una versión que sí aceptaban como inofensiva de principio a fin, buena parte de la perplejidad se deshacía. La ausencia de razones puede ser, en parte, razones que la persona tiene pero que el escenario no le deja usar, o que no sabe poner en palabras.
Un trabajo posterior de Matthew Stanley y otros, con 636 participantes, apunta en la misma dirección: cuando se hacían visibles los posibles daños, la valoración de "esto está mal" subía. Encaja mejor con un cálculo de riesgo que con pura emoción. Lo que aguanta bien es la parte del calendario, que la intuición suele llegar antes. La versión fuerte, que el razonamiento no pinta nada, está más floja. El propio Haidt admite que razonar puede cambiar un juicio, solo que poco y casi siempre a través de otras personas.
«El razonamiento moral suele ser una construcción posterior, generada después de haber alcanzado el juicio.»
Haidt (2001)
En la próxima discusión política, fíjate en el orden real de tu cabeza: ¿la conclusión ya estaba antes de oír el primer argumento? Si es así, lo que viene después es defensa, no análisis. No hace falta fingir una neutralidad que no tienes, pero sí ayuda saber que el argumento del otro rara vez es lo que te va a mover, y que el tuyo rara vez le moverá a él. Lo que mueve es que cambie cómo se siente el asunto, y eso casi nunca pasa dentro de una discusión.
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La metáfora del "perro emocional y su cola racional" que da título a este artículo es, literalmente, de Jonathan Haidt: por qué votamos primero con la intuición moral y razonamos después para justificarla.
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Preguntas frecuentes
¿Votamos con la razón o con las emociones?
Las emociones primero. La respuesta emocional a candidatos ocurre 200ms antes que el procesamiento cognitivo. Los argumentos vienen después a justificar.
¿Por qué el razonamiento político es en gran parte racionalización?
El modelo de Haidt: las intuiciones morales llegan primero; el razonamiento llega después a construir justificaciones para lo que ya sentimos.
¿Qué rol juegan las emociones en la decisión de voto?
El entusiasmo aumenta la participación y la fidelidad al partido. La ansiedad activa búsqueda de información. El disgusto activa el rechazo moral.
¿Se puede cambiar la opinión política de alguien con argumentos?
Raramente y solo bajo condiciones específicas: baja identidad de grupo, alta apertura, relación de confianza con el interlocutor.