En 1973, John Darley (el mismo investigador del efecto espectador) se unió a Daniel Batson para una pregunta con un punto de ironía cruel: si alguien está a punto de dar una charla sobre la parábola del buen samaritano, la historia bíblica sobre ayudar a un desconocido herido, ¿eso lo hace más propenso a ayudar a un desconocido herido de verdad? Reclutaron a estudiantes de un seminario teológico de Princeton, futuros sacerdotes, para averiguarlo.
El hombre tirado en el portal que casi nadie se paró a mirar
A cada seminarista se le pidió que caminara hasta otro edificio para grabar una breve charla, en unos casos precisamente sobre la parábola del buen samaritano y en otros sobre un tema neutro. Antes de salir, a un tercio se le decía que llegaba con retraso y debía darse prisa, a otro tercio que tenía el tiempo justo, y al resto que le sobraba tiempo de sobra.
En el camino, un actor tirado en un portal, encogido y tosiendo, pedía ayuda al paso de cada participante. El contenido de la charla que iban a dar, incluso si era literalmente sobre la obligación moral de ayudar a un desconocido, no predijo casi nada sobre quién se paraba a ayudar. Lo que sí lo predijo, con una diferencia enorme, fue la prisa: el 63% de quienes creían tener tiempo de sobra ayudaron, frente a solo el 10% de quienes creían llegar tarde.
Cuando la situación pesa más que la convicción moral
El dato más incómodo del estudio no es que la gente con prisa ayude menos, algo intuitivo, sino el tamaño de la diferencia y a quién afectaba: futuros sacerdotes que en ese mismo instante iban a hablar sobre la obligación de socorrer al prójimo, pasaban al lado de alguien que gemía de dolor sin detenerse, en algunos casos incluso rodeándolo para no perder tiempo.
Darley y Batson interpretaron esto como evidencia de que las variables situacionales, en este caso la percepción de tener prisa, pueden pesar más en el comportamiento moral real que las convicciones religiosas o éticas que una persona sostiene de forma sincera. No es que la fe o los valores no importen: es que, bajo presión de tiempo, ni siquiera llegan a activarse como guía de conducta.
Lo que esto dice de cualquiera, no solo de los seminaristas de Princeton
El hallazgo se ha replicado con otras poblaciones (estudiantes de psicología, profesionales de distintos sectores) con resultados similares: la prisa autopercibida predice la ayuda mucho mejor que las creencias declaradas sobre lo que está bien o mal. Esto no exculpa el comportamiento, pero cambia dónde hay que intervenir: no en convencer más a la gente de que ayudar es lo correcto, sino en diseñar entornos y horarios que no obliguen a elegir entre llegar a tiempo y detenerse a mirar a alguien que necesita ayuda.
La lección que se suele pasar por alto es la más incómoda de asumir en primera persona: cualquiera que se considere una buena persona debería preguntarse no qué haría en abstracto, sino qué ha dejado de hacer la última vez que iba con prisa.
Antes de decidir que no tienes tiempo para algo que sabes que deberías hacer, pregúntate si de verdad no tienes ese tiempo o si simplemente sientes la presión de no tenerlo. El estudio de Darley y Batson sugiere que la sensación de prisa, más que la falta real de minutos, es la que suele decidir.
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