Imagina que estás en una sala con otras siete personas, mirando una tarjeta con una línea y luego otra con tres líneas de distinta longitud. Solo hay que decir cuál de las tres coincide con la primera. La respuesta es obvia a simple vista. Los otros siete, sin embargo, son actores, y ya han dado en voz alta la respuesta equivocada antes de que te toque a ti. En 1951, Solomon Asch quiso saber cuántas personas corrientes dirían lo que veían con sus propios ojos frente a cuántas dirían lo que acababa de decir el grupo entero.
El 37% de las respuestas se rindió a un grupo de desconocidos
Asch reunió a estudiantes de Swarthmore College para lo que se les presentaba como una simple prueba de percepción visual. En cada grupo de ocho, solo uno era un participante real; los otros siete eran cómplices instruidos para dar, en la mayoría de las rondas, la misma respuesta incorrecta en voz alta antes de que el sujeto real respondiera. La tarea en sí era trivial: comparar la longitud de una línea con tres opciones donde la diferencia era evidente incluso para un niño.
Cuando el grupo entero daba la respuesta correcta, los participantes reales apenas se equivocaban. Pero cuando el grupo daba la respuesta incorrecta de forma unánime, un 37% de las respuestas de los sujetos reales pasó a coincidir con el error del grupo. Y un 75% de los participantes cedió al menos una vez a lo largo de las doce rondas del experimento, aunque la respuesta correcta estuviera literalmente delante de sus ojos.
No todos cedían por la misma razón
En entrevistas posteriores, Asch distinguió entre quienes de verdad llegaron a dudar de su propia percepción (una minoría) y quienes sabían perfectamente que el grupo se equivocaba pero prefirieron no destacar ni parecer raros. Este segundo grupo, mucho mayor, no había cambiado de opinión: había cambiado de respuesta pública para evitar el coste social de discrepar en voz alta.
El dato que más ha sobrevivido en la literatura posterior es lo frágil que resultaba esa presión: bastaba con introducir un solo cómplice adicional que diera la respuesta correcta, rompiendo así la unanimidad del grupo, para que la conformidad cayera a menos de una cuarta parte de su nivel original. No hacía falta convencer a nadie de nada. Bastaba con que el participante dejara de sentirse completamente solo en su desacuerdo.
Por qué esto sigue prediciendo comportamiento seis décadas después
Las réplicas del experimento en distintos países y décadas han encontrado el mismo patrón general, con variaciones según el grado de colectivismo cultural: mayor conformidad en sociedades donde el consenso grupal pesa más que la afirmación individual. La conclusión que sostiene Asch no es que las personas sean débiles de carácter, sino que el coste social de discrepar en público puede llegar a pesar más que el coste de dar una respuesta que se sabe incorrecta.
El hallazgo tiene una lectura incómoda para cualquier reunión de trabajo, jurado o grupo de amigos: la opinión que se expresa en voz alta en un grupo dice menos de lo que parece sobre lo que cada persona piensa en realidad, y mucho más sobre quién habló primero y con cuánta seguridad.
La próxima vez que estés en una reunión y todo el mundo parezca de acuerdo con algo que a ti te chirría, prueba a decir tu discrepancia en voz baja, sin dramatismo, antes de que se cierre la conversación. El propio experimento de Asch demostró que basta con que una sola persona rompa la unanimidad para que el resto se sienta con permiso para pensar por su cuenta otra vez.
Si quieres profundizar en esto
Cialdini dedica un capítulo entero a la prueba social, el mismo mecanismo que explica por qué el grupo de Asch conseguía que gente sana de juicio dijera en voz alta algo que sus propios ojos contradecían.
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