El experimento que coló a gente sana en psiquiátricos, y el personal nunca lo detectó

Ocho personas sanas fingieron oír una voz para entrar en psiquiátricos. Las ingresaron a todas y nadie del personal detectó el engaño.

Miguel Noguer Escudero7 de septiembre de 2026
5 min de lecturaSobre Rosenhan (1973)

En 1973, el psicólogo David Rosenhan1 y siete colaboradores sanos se presentaron en distintos hospitales psiquiátricos de Estados Unidos diciendo que escuchaban una voz que repetía palabras como "vacío", "hueco" y "ruido sordo". Nada más. Ningún otro síntoma, ninguna otra mentira. A todos los ingresaron, y a todos les diagnosticaron algún trastorno psicótico. Una vez dentro, dejaron de fingir cualquier síntoma y se comportaron con total normalidad. El personal tardó, de media, diecinueve días en darlos de alta, y ni un solo miembro del personal clínico llegó a detectar el engaño.

01Una sola frase bastó para entrar, y la etiqueta ya no salió con ellos

Los ocho pseudopacientes2 (entre ellos un estudiante de psicología, un pintor, un ama de casa y el propio Rosenhan) usaron nombres falsos, pero contaron con precisión el resto de su historia vital real: su infancia, sus relaciones, sus trabajos. Una vez ingresados, tomar notas sobre lo que observaban, algo que hacían abiertamente, fue registrado por el personal como un síntoma más de su supuesta enfermedad: "el paciente presenta conducta de escritura".

Siete de los ocho recibieron el alta con el diagnóstico de "esquizofrenia en remisión", no como sanos: una vez colocada la etiqueta inicial, ningún comportamiento posterior, por normal que fuera, bastó para que el personal la reconsiderara. La propia normalidad del paciente se interpretaba a través del filtro del diagnóstico ya asignado, no al revés.

8pseudopacientes, todos ingresados
19 díasde ingreso medio
7 de 8salieron con «esquizofrenia en remisión»
Figura 1.Los resultados que publicó Rosenhan en 1973.

02El hospital que se ofreció voluntario para demostrar que no le pasaría a él

Cuando Rosenhan publicó los resultados, un hospital psiquiátrico prestigioso reaccionó con incredulidad y le retó a enviar pseudopacientes a sus instalaciones, convencido de que su personal sí sabría detectarlos. En los tres meses siguientes, el personal identificó como probables impostores a 41 de los pacientes que fueron ingresando con normalidad. Rosenhan no había enviado a nadie: ningún pseudopaciente había pisado ese hospital en todo el periodo.

El doble resultado (el personal no detecta a los impostores reales, pero sospecha de pacientes reales cuando cree que puede haberlos) es, para Rosenhan, la prueba de que el problema no era la competencia individual de ningún profesional concreto, sino la fiabilidad del propio sistema de diagnóstico basado en la observación conductual en un contexto ya etiquetado.

03Lo que el estudio cambió, y lo que sigue sin resolver

El experimento de Rosenhan, publicado en Science, contribuyó a impulsar criterios diagnósticos más estructurados en las siguientes ediciones del manual DSM3, precisamente para reducir la dependencia del juicio subjetivo del clínico ante una etiqueta ya puesta. Décadas después, una investigación periodística (Susannah Cahalan, 2019) puso en duda algunos detalles del relato original de Rosenhan, sin cuestionar el hallazgo central: la potencia de una etiqueta diagnóstica para colorear, de forma retroactiva, cómo se interpreta después cualquier conducta.

El propio Rosenhan lo resumió con una idea que sigue citándose en formación clínica: una vez que a alguien se le pega la etiqueta de "enfermo mental", poco de lo que haga después logra despegarla del todo, ni para el personal que lo trata ni, muchas veces, para el propio entorno de esa persona.

Para llevarte

Si alguna vez te toca formar una primera impresión clínica, profesional o incluso personal sobre alguien (una evaluación de desempeño, un juicio tras un primer encuentro difícil), reserva un espacio consciente para revisarla ante evidencia posterior que la contradiga. El hallazgo de Rosenhan no es que los profesionales sean negligentes: es que todos, formados o no, tendemos a interpretar la conducta nueva a través de la etiqueta que ya pusimos primero.

Escrito porMiguel Noguer Escudero

Psicólogo por la Universidad de Sevilla y fundador de La Inferencia. Cursa el Doble Máster en Psicología General Sanitaria y Neuropsicología.

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Referencias

  1. Rosenhan, D. L. (1973). On Being Sane in Insane Places. Science, 179(4070), 250-258. doi.org/10.1126/science.179.4070.250
  2. Cahalan, S. (2019). The Great Pretender. Grand Central Publishing.
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Cómo se construye un sí, pieza a pieza: por qué una etiqueta puesta al principio decide cómo lees todo lo que viene después.

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El libro detrás del artículo

La gran impostora

Susannah Cahalan

Cahalan investiga a fondo, décadas después, el experimento de Rosenhan: qué partes resisten el escrutinio y qué partes no, sin restar fuerza al hallazgo central sobre el poder de una etiqueta diagnóstica.

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