La idea de desahogarse por escrito es tan vieja como los diarios. Lo que James Pennebaker y Sandra Beall probaron en 1986 era algo más medible: si sentarte cuatro noches a escribir sobre lo peor que te ha pasado deja una huella en la salud del cuerpo meses después, no solo un alivio de esa tarde.
Cuatro noches, quince minutos, el peor recuerdo
Cuarenta y seis estudiantes sanos se repartieron al azar en cuatro grupos. Tres escribían durante quince minutos, cuatro días seguidos, sobre el suceso más traumático o perturbador de su vida: uno solo sobre los hechos, otro solo sobre las emociones, otro sobre las dos cosas a la vez. El cuarto grupo, el de control, escribía sobre algo anodino, su habitación o sus zapatos.
En caliente, escribir sobre el trauma no sentaba bien. Al terminar cada sesión, esos participantes referían peor humor y marcaban una presión arterial más alta que los del grupo de control. El giro llegó en los registros de la enfermería universitaria de los seis meses siguientes. El grupo que había escrito sobre los hechos y las emociones a la vez pasó por el centro de salud cerca de la mitad de veces que el de control.
La hipótesis de la inhibición
La explicación que propuso Pennebaker es que callar cuesta. Contener de forma activa los pensamientos y las emociones sobre algo que te removió es un esfuerzo físico continuo, de bajo grado pero sin pausa, y ese esfuerzo de contención, más que el suceso en sí, es lo que va desgastando al organismo con los años.
Escribir rompe esa contención. Obliga a poner el episodio en palabras, a ordenarlo, a cerrar algo que había quedado abierto. Por eso el malestar de las primeras sesiones no se lee como un fallo, sino como parte del proceso. Y por eso, en el estudio, solo funcionó la versión que juntaba hechos y emociones: contar lo que pasó sin lo que sentiste, o al revés, no bastaba.
Lo que queda cuando se suman todos los estudios
El de 1986 fue un estudio pequeño, con 46 personas, una muestra de estudiantes que se apuntaron voluntarios y un indicador ruidoso, las visitas a un centro de salud, que dependen de mil cosas ajenas a la escritura. Sobre esa base creció una literatura enorme, y la literatura ha moderado la cifra.
El metaanálisis más amplio, el de Joshua Frattaroli en 2006, reunió 146 experimentos con asignación al azar. El efecto medio sobre la salud física, la psicológica y el funcionamiento general fue real pero pequeño, equivalente a una d en torno a 0,15, con una variabilidad grande entre estudios. Un año antes, Meads y Nouwen habían revisado 61 estudios y no hallaron un efecto significativo sobre la salud física frente a los grupos de control, ni en gente sana ni en pacientes. Varias revisiones posteriores han llegado a conclusiones igual de tibias.
La escritura expresiva sobrevive, entonces, como un recurso barato con un efecto modesto y desigual, no como la intervención que reduce a la mitad las visitas al médico. Ese titular es el mejor resultado de un primer estudio, no lo que suele pasar cuando se repite.
«Confrontar un suceso perturbador puede reducir a largo plazo el trabajo de inhibición que exige contenerlo, aunque a corto plazo resulte doloroso.»
Pennebaker y Beall (1986)
Sigue usándose en terapia, y como herramienta doméstica cuesta poco probarla: quince minutos a mano, varios días seguidos, sobre algo que te removió y no has terminado de digerir, sin mirar la ortografía ni el orden, contando lo que pasó y lo que sentiste. Cuenta con sentirte peor las primeras veces. Y si lo que arrastras es serio, esto acompaña a una terapia, no la sustituye.